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Claves para la germinación
Claves para la germinación
Autor: De Sanzo/Rivera/Covas
Area: Agroecología » El Huerto Ecológico

La agricultura ecológica es 10% de transpiración y 90% de inspiración. Poco trabajo físico, ya que se interviene lo menos posible en los procesos naturales, y mucha creatividad en la tarea de conciliar ecología y economía. Como decía Henry Thoreau, “estoy convencido de que el mantenerse uno mismo en esta tierra no es una dificultad, sino un pasatiempo si queremos vivir sencilla y sabiamente...

No es necesario que un hombre deba ganar su vida con el sudor de su frente, a no ser que sude más fácilmente que yo”. 

Si suponemos una producción con bajo esfuerzo ¿porqué producir nuestras propias semillas si se pueden comprar por monedas en cualquier florería? 

Ser autosuficiente en materia genética no es solo una cuestión de principios. Hay tres razones de peso para elegir una semilla de un amigo o de nuestro propio huerto antes que un atractivo híbrido salido de los laboratorios transnacionales. Claro que no todas las semillas comerciales son híbridas. Aún así estas no fueron cultivadas orgánicamente y en la mayoría de los casos vienen recubiertas con productos químicos peligrosos para nuestra salud, que ingresan a la huerta y terminan acumulándose en el hígado. 


1. RAZONES PRÁCTICAS: 

Las semillas híbridas son caras. No nos dejemos engañar con la apariencia económica de los sobrecitos de semillas que contienen unos pocos gramos. En los últimos diez años el precio internacional de las semillas aumentó más de un 150 %. Según un artículo del East West Journal, las semillas son después de los combustibles, el factor que más incide en la inflación de los productos agrícolas. A modo de ejemplo, un gramo de semillas híbridas de petunia cuesta más que un gramo de platino. algunos amigos nuestros, agricultores urbanos que todavía no se pasaron totalmente a la vereda ecológica, se quejan todos los años del maltrato que sufren - sin saberlo- por parte del trust semilleros y sus socios importadores. 

Durante 1992, por ejemplo, no se pudo conseguir una variedad híbrida de arvejas que alcanza unos cuatro metros de altura porque el mercado prefiere una variedad enana que no hay que entutorar. Los importadores se ofrecen a conseguirlo... pero hay que comprar como mínimo cincuenta kilos de costosa simiente. Por otra parte, con el tomate pronto va a ser necesario organizar un pool de compra por los altos precios de los híbridos. Otra: continuamente variedades con las que se estaba familiarizado el agricultor desaparecieron sin aviso para dar lugar a otras desconocidas. La razón: la vida útil de un híbrido es de uno pocos años hasta que es reemplazado debido a baja sustentabilidad genética. 


2. RAZONES ECOLÓGICAS: 

La preservación del patrimonio genético. La FAO estimó que en el año 2000 dos tercios de todas las semillas del tercer mundo serán de cepas uniformes. Los híbridos son el resultado del cruzamiento de dos variedades emparentadas. Si una empresa quiere seguir en el negocio de los híbridos debe guardar celosamente el plasma germinal de las variedades originales. Pero la conservación de unas miles de semillas, aunque garantice la supervivencia de esa especie, no significa la preservación de su riqueza genética. Del mismo modo, los jardines zoológicos no son la solución para el problema de la biodiversidad. 

Dice el profesor Garrison Wilkes de la Universidad de Masachussetts: “El deterioro de la diversidad genética es mayor de lo que podrían sugerir las estadísticas acerca de las especies perdidas. Si una especie con un millón de individuos se ve reducida a solo 10.000 (lo que aún así puede ser suficiente para asegurar la supervivencia de la especie), podría haber perdido un 90% de sus razas y poblaciones y otras subunidades genéticas, con la consiguiente pérdida de la mitad de su diversidad genética. Este “disimulado” deterioro de la diversidad, es generalmente ignorado, aunque en los últimos tiempos podría representar una amenaza tan grave como la pérdida de especies en sí”. 

Si producimos, conservamos e intercambiamos nuestras propias semillas, tubérculos, rizomas etc. en una red orgánica estaremos haciendo una silenciosa pero sumamente efectiva preservación del patrimonio genético de nuestros vegetales. Es un error confiar esta responsabilidad únicamente a los bancos de germoplasma, que aunque realizan una inefable labor, tienen limitaciones materiales y genéticas para asegurar el máximo de preservación. Por otra parte son vulnerables al manejo político o presupuestario. Se estima que de la 265.000 especies de plantas que existen en el planeta, 60.000 corren el riesgo de extinguirse hacia mediados del siglo XXI. Contrariamente a lo que piensan los comercios de hamburguesas, el 90% de la alimentación humana proviene de los vegetales y la tercera parte del patrimonio genético vegetal se encuentra en aquellas selvas que se empeñan en destruir para bajar unos centavos el costo de esos grasientos productos alimenticios. 

¿Cuál es la técnica para conservar semillas?: Obsequiárselas a otros agricultores. De este modo no se colocan todos los huevos en una sola canasta y aunque a alguno se le pierdan las semillas o deje de cultivarla, habrá otros en esa red informal que mantendrán viva la llama genética. 

Nos costó tres años conseguir unos frutos de chayote, una especie de papa aérea perenne de origen tropical que dá una gran producción con muy poco esfuerzo. Las pocas personas que la conocían habían dejado de cultivarla, inclinándose por los costosos productos manufacturados, pero con consenso social, y no como aquellos como el humilde chayote que tenemos literalmente al alcance de la mano. Hoy disponemos de cuatro de las cinco variedades de chayote conocidas y se las facilitamos quienes vengan a buscarlas entre marzo y abril. 

Viajamos por todo el partido de Quilmes buscando el dichoso chayote. Una vez perdimos la oportunidad por cuestión de horas. A un amigo nuestro le habían regalado unos frutos pero como no supo como prepararlos los arrojó a la basura. Casi la totalidad de nuestros benefactores que nos hicieron llegar algún ejemplar o nos dieron la pista para localizarlo en un baldío lejano, no conocían las bondades de este vegetal. 

Conseguir los frutos fue la mitad del problema. La mitad restante consistió en conservarlos y lograr que alguien los adoptara. Nadie tiene una idea de lo difícil que es manejar un centenar de esta pinchudas papas aéreas. Las llamábamos las “abuelas” porque serían las madres de las futuras productoras. Les hicimos un lugar en el sótano pero por falta de aireación fueron atacadas por un hongo. No corrieron mejor suerte cuando las pasamos a un caluroso y seco altillo. 

Por fin pasamos la veintena de sobrevivientes directamente a la tierra pese a los rigores de la estación. Al segundo año dejamos nuestras papas a la intemperie. Tuvimos más éxito... hasta que comenzaron a caer las primeras heladas. El próximo año experimentaremos con unas trincheras en las que los chayotes estén a salvo de las heladas, pero en donde les llegue suficiente aire y un poco de humedad. 


LOS CENTRO VAVILOV. 

El botánico ruso Nicolai L. Vavilov, viajero y observador lúcido como Darwin, descubrió que la mayoría de las plantas cultivadas en la actualidad tuvieron su origen en una estrecha franja ecuatorial entre los 35º de latitud norte y los 35º de latitud sur. Esta estrecha zona en la que incluye tanto las selvas tropicales de Borneo como la altiplanicie del Perú, no se congeló durante la era glacial. Esta ventaja climática la convirtió en lo que Vavilov dió en llamar Centro de Diversificación, origen del 90% de todas las formas de vida vegetal existentes. Es una ironía que tan maravillosa región sea hoy la más pobre del planeta. 

Si pensamos en la avena, ¿qué imágenes podríamos evocar?. niños rubios y saludables comiendo avena con leche y la de un cuáquero de cara rojiza y bien alimentado. 

La avena y el sorgo son oriundos de Etiopía, ¿qué hay en Etiopía actualmente?: la erosión y la pobreza aparecen en todas las revistas de la UNESCO. Cuando se habla de gente famélica se piensa en Etiopía. 

¿Dónde se originó el trigo y el mijo?. En Mongolia y en Afganistán, repúblicas pobrísimas que requieren permanentes subsidios. 

¿Y el maíz?. En Panamá, Nicaragua, El Salvador, Honduras y el sur de México. ¿Qué imágenes tenemos de las aldeas de mesoamérica?. Una mujer en bata, descalza moliendo maíz en un mortero de madera. 

La papa es oriunda de Chile en donde hay una alta sociedad y un pueblo muy pobre. La cebada proviene del sudeste asiático, marco de interminables guerras colonialistas y de factorías en donde se trabaja por un puñado de arroz. Este último es a su vez proveniente de lugares que despiertan evocaciones no menos patéticas, China e Indochina, asociados a las guerras y a la estreches. 

En la tierra del mijo, del maíz, de la papa y la avena los agricultores deben pagar costosos royalties a los países del norte por semillas híbridas o supuestamente mejoradas por la ingeniería genética, que está más interesada en hacerlas resistentes a los insecticidas y herbicidas (fabricados por los mismos laboratorios) que a las plagas y enfermedades. Así en 1985, Monsanto logró insertar un gen en el tabaco y en las petunias para hacerlas resistente al herbicida glifosato que ellos mismos comercializaban con el nombre de Rounup. Dos años después la empresa belga Plant Genetic Systems hacía lo mismo con el tomate, tabaco y papa para hacerlos totalmente resistentes al herbicida “Basta” del Laboratorio Hoechst en base a la temible Fosfinotricina.

En los 10.000 años que llevamos de agricultura, las plantas originales sufrieron una evolución en parte natural-adaptándose a los nuevos hábitats y por obra del hombre que fue seleccionando ciertas plantas por cuestiones parciales y utilitarias, como sabor, tamaño, vigor, forma, propiedades nutritivas. Las miserables espigas del trigo original asiático comparadas con las doradas y rechonchas de su actual descendientes parecen obsoletas. Sin embargo, mientras en las variedades modernas el ser humano tiene algunas cartas de la diversidad genética, en las especies silvestres está el mazo completo. 

Hace unos años en México la presencia providencial de un agrónomo en el área en donde estaba trabajando una excavadora, permitió la identificación y conservación de la única especie de maíz perenne que se conoce hasta nuestros días. L o sorprendente es que ese tipo de maíz existía en ese lugar de tan solo 4 hectáreas de superficie.

Para preservar el tesoro genético de las plantas cultivables se ha creado, desde 1930 en la ex Unión soviética, y a partir de la década del cuarenta en el resto del mundo, bancos de germoplasma llamados centros de Vavilov que incluyen tubérculos, semillas y cultivos de tejidos. 

Según el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, no todas las especies silvestre tienen la suerte del maíz perenne mexicano. La despiadada tala de las selvas tropicales amenazan el futuro de la biodiversidad. A esto se suma, ahora, la lucha sin cuartel de las multinacionales químicas para sustituir las semillas nativas de los Centros de Vavilov por cepas uniformes. 

El usufructo de otro bien natural, el conocimiento científico para fines privados, se hace “patente” en una resolución del Plant Variety Protection Act votado en 1970 en el Congreso de los Estados Unidos que le permitió a las compañías semilleras lograr patentes para las semillas salidas de sus laboratorios. Este fallo otorgó un derecho de propiedad sobre un organismo viviente y su reproducción, por supuesto, ya sea este un hongo, bacteria o planta. Con una estrategia diferente y una sofisticación muchas veces innecesaria, ciertas tecnologías encubren el verdadero propósito del colocar fuera del alcance de agricultor común ciertas formas de preservación (como los embriones encapsulados a baja temperatura) que podrían reemplazar a las propias semillas. Es la perversa maniobra competitiva de crear primero al pobre y después al hospicio. 

Como quiera que sea, todavía se sigue pensando en términos de ingeniería genética y mejoramientos de cultivos, sin cuestionar la legitimidad de la agricultura química y su circuito vicioso. De que otro modo se puede entender sino las declaraciones de la ingeniera agrónoma Noemí Colombo del Instituto de Genética del INTA, que en un número de la Revista Clarín - “Un banco lleno de verdes”- dice: “... La pérdida de las especies silvestres y variedades primitivas restringe notablemente la disponibilidad de variables genéticas necesarias para el desarrollo de nuevas y mejores variedades, ya sea a través de los tradicionales métodos de selección o por medio de las más recientes técnicas de manipulación genética“. 



CLAVES PARA LA GERMINACIÓN

El éxito de la germinación depende más de una temperatura adecuada que de la humedad del suelo. Por ejemplo el tomate germina en una semana con temperatura en el suelo de 23º a 25º pero puede tardar un mes si la temperatura desciende más de 10º. Es un prejuicio arraigado el que los almácigos deben estar permanentemente húmedos habiendo más plantas sensibles al exceso de agua que su déficit. Un solo riego es suficiente para asegurar la germinación completa de la mayoría de las hortalizas en un almácigo convencional. Algunos agricultores cubren el cajón de almácigo con un polietileno transparente para crear un microclima con suficiente calor, humedad y luz. 

Cuando se habla de temperatura de germinación no se suele aclarar que se trata de la temperatura del suelo. Esta se toma a la mañana antes de que le dé el sol. Se introduce el termómetro a la profundidad de las semillas. El promedio para la mayoría de las hortalizas es de 20-30º. Cuando se siembra de asiento hay que esperar que pasen las últimas heladas primaverales y que el suelo se caliente lo suficiente. 

La germinación debe realizarse en la estación apropiada con la temperatura adecuada, de lo contrario la planta se ve obligada a utilizar parte de su energía en contrarrestar los factores climáticos adversos (calor, frío, lluvias excesivas o sequía), siendo entonces susceptibles al ataque de enfermedades o plagas.


Las semillas también necesitan oxígeno para desarrollarse. Si se las cubre con mucha tierra se asfixian. Como norma general la profundidad de siembra debe ser como máximo 3 veces el tamaño de la semilla si esta es grande o mediana, o de dos veces si es pequeña. La tierra debe estar suelta, aunque conviene apisonarla ligeramente con una tabla o rodillo para que se ponga en contacto con la semilla. 

En suelos sueltos o arenosos el agua y el aire llegan a mayor profundidad, por lo tanto es conveniente sembrar a una profundidad un poco mayor de lo que aconseja la regla práctica. 

Todo lo contrario ocurre con los suelos arcillosos en los que la siembra debe tener una profundidad menor.

Las semillas gruesas (más de 4 mm) son las que necesitan más humedad. Es una costumbre japonesa el dejarlas en remojo toda la noche antes de sembrarlas, en especial, el maíz, pepino, zapallo, melón y calabaza.

Las semillas medianas (3-4 mm) requieren poca humedad.

Las semillas pequeñas (menos de 3 mm) no deben enterrarse a más de 5-10 mm. 


A diferencia de las semillas, los plantines requieren abundante humedad. Se debe regar muy cerca de la planta y durante el tiempo suficiente como para que el agua penetre, pero sin encharcar. La raíz crecerá hasta el fondo, buscando la humedad. Se evita de este modo plantas con raíces escuálidas, superficiales y por ende poco resistentes a la sequía. El riego por goteo es lo ideal. La temperatura de los plantines es conveniente que baje entre 3 y 11º por las noches. Crecerán un poco menos pero serán más fuertes y resistirán mejor el trasplante.

Salvo que se trate e hortalizas que se cultivan de asiento, conviene hacer el almácigo en cajones y no directamente en el suelo. En los manuales de horticultura se suele proponer la cocción de la tierra destinada a almácigo para esterilizarla eliminando de este modo hongos y semillas extrañas. Como pueden imaginar esta práctica no es orgánica. No tiene en cuenta una serie de factores que influyen en la salud de las plantas como las enzimas, vitaminas, fermentos, bacterias, etc. que se destruyen con esta operación. 

Lo más conveniente es utilizar materiales confiables como perlita, vermiculita y una mezcla de vermicompost, turba o musgo Sphagnum. Estos materiales son generalmente estériles o como en el caso del vermicompost y el compost de lombriz tienen una población de bacterias útiles para las plantas. 

Conviene evitar una siembra muy densa. De lo contrario los plantines crecerán débiles. Aunque luego se los ralee pueden romperse las raíces entremezcladas. Los sembradores con receptáculos individuales en forma de pirámide truncada evitan este problema ya que las raíces envuelven al terrón de humus y no se producen daños al hacer el transplante. 

De Sanzo/ Rivera/Covas

Revista Autosuficiencia
www.autosuficiencia.com.ar

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