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Cabeza o emoción: ¿Quién dirige tu vida?
Cabeza o emoción: ¿Quién dirige tu vida?
Autor: Beatriz Fernández del Castillo
Area: Autoevolución » Artículos

¿Quién no ha tenido en su vida al eterno dilema al tener que tomar una decisión?: ¿a quién hago caso, a la mente o al corazón?

La armonía interior


María está en un momento difícil de su vida, su relación con Pedro está pasando por momentos delicados. Llevan unos años y tienen buenos recuerdos de su relación, pero María ha cambiado. Su vida profesional y algunos problemas personales de los que se ha tenido que hacer cargo le han permitido profundizar en el significado de la vida mucho más que Pedro. María piensa en dejarle, pero no se atreve. “Le da pena” terminar la relación, se acuerda de todos los buenos momentos que han pasado, pero a la vez, exige a Pedro que cambie su forma bohemia de vida; le exige que haga los mismos cambios que ella, que la comprenda, que atienda sus nuevas necesidades. No está contenta con la relación que tiene, y al mismo tiempo no quiere desprenderse de lo conocido, le da cierta sensación de estabilidad. Ella se queja de su irresponsabilidad, de su forma de vivir sin un objetivo claro en la vida, que no la atiende; él a su vez de las exigencias de ella que no le dejan ser como él desea. De pronto la historia toma una dirección totalmente inesperada; Pedro decide dejarla. Y ella se pregunta ¿Qué ha pasado?. Es ella la que está indecisa, la que piensa en dejarle, y se encuentra con que él lo hace por ella; él resuelve finalmente su indecisión. Tras la ruptura, Pedro encuentra a otra mujer en un corto espacio de tiempo, dejando a María profundamente herida, con la sospecha de haber sido engañada con otra mujer antes de su ruptura, y la sensación de haber perdido el tiempo. Los buenos recuerdos se tornan en amargura y rabia.


El dilema

¿Quién no ha tenido en su vida al eterno dilema al tener que tomar una decisión?: ¿a quién hago caso, a la mente o al corazón? Da igual que esa decisión sea una nimia referente a asistir o no a una cena, que a otras más importantes como si seguir o no con una relación, atreverse a cambiar de trabajo, el proceso de tomar decisiones puede realizarse de manera fluida o sumirnos en un mar de dudas y conjeturas. La seguridad en uno mismo y en nuestros valores y sobre todo la dirección definida que deseamos que tome nuestra vida, son los parámetros en los que se basan las buenas decisiones: esas que una vez tomadas no dan lugar a arrepentimientos. Pero no siempre lo tenemos tan claro, no siempre sabemos lo que deseamos, y a veces ni siquiera qué dirección tomar. Probamos tal o cual experiencia “a ver qué pasa”, esperando encontrar algo que nos satisfaga, pero con el tiempo nos damos cuenta de que esa manera no es la mejor.

Cada elección es la semilla de la siguiente. Las cosas en la vida no “nos pasan”, sino que hacemos que ocurran en base a esas decisiones que vamos tomando. Cada una de ellas es la causa de un efecto posterior y con ellas vamos escribiendo nuestra historia personal. Nada está realmente escrito, depende de nosotros el hacerlo en cada momento de la vida. Tenemos herramientas para evaluar la realidad que nos circunda y elegimos dependiendo de varios factores: La mente racional y su capacidad de analizar y razonar, la mente intuitiva integradora y su capacidad de percibir lo analógico, lo simbólico, y por último el corazón, nuestra capacidad de percibir sensaciones y de establecer empatía con los demás.


Las herramientas

La mente racional se especializa en dividir la información para analizarla. El análisis se nutre de observar, relacionar unos sucesos con otros y etiquetar. Gestiona el lenguaje, el razonamiento, el cálculo, la lógica, la lectura. Es la idea. La mente racional nos ha permitido evolucionar mucho en la técnica, pero si se abusa de ella puede afectar negativamente en la toma de decisiones. La mente racional no “siente” por si misma, ha de estar conectada y en comunicación con la intuitiva que le permite conectar con el sentimiento para poder analizar correctamente. Si no lo hace así, sus conclusiones serán muy formales, dependientes de la norma, la apariencia de las cosas, las reglas establecidas, de lo que debería ser y no de lo que es en realidad.

El lado intuitivo de la mente, el femenino, no elabora asociando o etiquetando, sino que capta otras señales que al racional le pasa desapercibido. Distingue mucho más fácilmente los estados de ánimo y las señales corporales. Su visión es la del conjunto, percibe mejor si alguien parece una cosa pero en el fondo es otra. Es la mente que comprende y experimenta la información e integra a nivel emocional todo lo que la razón ha analizado. Percibe el fondo de la realidad, las emociones y sentimientos, como consecuencia gestiona la expresión gráfica, la música, lo analógico y simbólico, la profundidad y la espontaneidad. Es la imagen que representa a la idea. Distingue mucho más fácilmente los estados de ánimo, las señales corporales y los verdaderos pensamientos que subyacen tras lo aparente.

Hemos de confiar en la intuición y ejercitarla hasta entender cómo trabaja en cada uno de nosotros. Camina por certezas que no se pueden medir o probar; algo intuido se sabe, pero no siempre porqué. Una persona con intuición afinada pone su razón al servicio de ésta, la que no, hace lo contrario, la somete a la razón. Las personas excesivamente racionales suelen cuestionar esas certezas y no tenerlas en cuenta; incluso confunden los mensajes, no saben si lo que reciben es intuición o es razón. ¿Cuántas veces la intuición nos avisó de algo que luego resultó ser cierto?

La emoción es la tercera herramienta con la que contamos para decidir. Su símbolo es el agua, el movimiento, el contenido que llena el continente de la idea de la mente. La idea es el vaso, el sentimiento el agua que lo llena. A una idea le corresponde una emoción y viceversa. La emoción es lo que nos mueve, lo que nos da el impulso y las ganas de actuar. Una idea por sí sola no funciona, necesita de una emoción que la “anime” es decir, que la dote de ánima, de alma, de impulso creador.

Una decisión equilibrada debería tener en cuenta tanto el aspecto racional, el intuitivo y el emocional. La persona que hace prevalecer un aspecto sobre otro se debatirá entre los extremos, se polarizará; en ocasiones será demasiado racional y en otras pecará de emocional. Tendrá la sensación de que algo le falta y se verá impelida a tomar otra decisión que lo equilibre.


El enfrentamiento que nos debilita

En el ejemplo de arriba, las tres herramientas con las que cuenta María para decidir no están armonizadas; se observan varias circunstancias en María que nublan su capacidad de decisión. Por un lado no se siente bien en su relación con Pedro, sentimientos a los que atiende sólo parcialmente. Por otro su cabeza le atemoriza con pensamientos sobre soledad, miedo a lo desconocido, y resentimientos por la actitud de Pedro, que dicho sea de paso, sigue siendo la misma que cuando se conocieron. La evolución de María había introducido una variable en la relación, una que Pedro no quería seguir. Por último, cuando la mente racional está llena de razones basadas en el miedo y la indecisión, la intuición tiene muchos problemas para hacerse oír. Su tono es tenue, no puede competir con la algarabía de una mente llena de comentarios, razones sin base emocional, prejuicios y ruido. La intuición necesita de una actitud receptiva, limpia, silenciosa; necesita de un canal adecuado para la recepción de información y valentía para actuar en consecuencia.

Debido a ello, María no pudo percibir las señales que Pedro seguramente enviaba de manera inconsciente. Cuando alguien está conectado con su lado emocional, es capaz de sentir a los demás; desarrolla empatía y capacidad de crear confianza en el otro y en uno mismo. Es el terreno perfecto para que la intuición funcione adecuadamente. María estaba tan pendiente de lo que Pedro debía o no debía hacer, y de sus propios miedos, que no se percató de que simplemente sus caminos habían tomado diferentes direcciones; no se puede obligar a nadie a seguir un camino que no desea. Necesita reconocer, recoger lo bueno que le ha traído la relación, dar las gracias por ello, y pasar la página entablando la siguiente relación de acuerdo con sus nuevas inquietudes.


La unión que hace la fuerza

Una sabia decisión es como la receta perfecta de un bizcocho, el secreto está en el equilibrio de una ecuación armoniosa. Ha de haber unión en todas las herramientas de las que disponemos para decidir: una mente racional que analice todas las variables para el bien común, un corazón fuerte que sopese lo que realmente siente, que no tema arriesgar si es necesario en beneficio del bienestar emocional de todos los implicados, y una intuición que ayude en el proceso de decisión. Y como no, añadir la levadura que finalmente dé cuerpo al bizcocho, el ingrediente que hace que todo ello se mezcle con éxito, el amor.

Beatriz Fernández del Castillo
Autora de “La clave está en tus sueños

Publicado en la revista UNICA Nº 21

 



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