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El Prado, mejor con niños
El Prado, mejor con niños
Autor: Maribel Orgaz
Area: Infancia » Infancia

En una entrevista reciente me preguntaron cómo se abordaba una visita al Prado con los niños. ¿Se puede ir al Prado con niños? Estos niños a los que se refieren son nuestros propios hijos, claro, y sólo el hecho de cuestionarse si pueden acompañarnos o no en nuestros momentos de ocio me entristece.

“Es mejor ir con niños”, respondí con mi mejor sonrisa. Intentaré explicar porqué. 

En el Museo del Prado hay, más o menos, 2.500 cuadros y visitarlos con nuestros hijos nos va ayudar en primer lugar, a desechar la idea de dar un paseo aunque sea como vistazo general a esta inmensa pinacoteca. Podemos imaginar lo que va a ocurrir, se van a cansar, van a correr por los pasillos y van a preguntarnos insistentes y suplicantes mientras nos tiran de la mano, “¿cuándo nos vamos?” Así que, primera ventaja, nos van a hacer desistir de abordar lo inabordable, que es un museo, este y cualquier otro, en una sola visita.

Con sólo eso, nuestros hijos nos han ayudado a mejorar la calidad de nuestra visita, que se va a beneficiar de una mejor atención que la del vistazo general al que se ven obligados centenares de turistas a los que las agencias sueltan en el Museo del Prado y que no tienen oportunidad de admirar las obras con tiempo suficiente.

En segundo lugar, si desechamos la idea de darnos una vuelta de paseantes, habrá que elegir algún cuadro, una época, una escuela. Porque ya que nuestros hijos nos ayudan a recuperar el sentido común, éste nos dice que deberíamos decidir qué vamos a contemplar en nuestra visita y si es posible, haberlo decidido en casa. Quizá entremos en Internet o nos acerquemos a la biblioteca municipal o si nuestros hijos están en edad escolar, incluso se nos ocurra preguntar a su profesor de plástica o de “Cono” (Conocimiento del Medio) qué podemos ir a ver. 

Así que, no sólo vamos a visitar el Prado sino que además vamos a dedicarle en casa, junto a nuestro hijo, quizá una o dos horas a buscar y luego repasar el material que hemos encontrado sobre nuestro Museo, a fin de decidirnos por un pintor o, mejor aún, por una de sus obras. Puede ser que por este sencillo hecho, pisemos por primera vez la biblioteca donde vivimos o hayamos charlado un rato con el profesor de nuestro hijo. 

Hasta puede ser que cambie nuestra opinión de Internet, que en lugar de ser un nido de delincuentes, se revela como una herramienta utilísima de consulta. Y lo que es más importante, eligiendo el cuadro hemos contado con la opinión de nuestro hijo, que apunta con su dedo gordezuelo uno de entre todos los que le mostramos. O, incluso, si es un poco más mayor, intentaremos convencerle de que nuestra opción es mejor que la que él propone y en este caso, como la familia es el lugar por excelencia para armonizar pacíficamente intereses personales en busca de un bienestar común, decidimos ver los dos. 

Supongamos que hemos optado por alguna obra de Francisco de Goya, por aquello de que El Prado es Velázquez y es Goya (y mucho más, pero estábamos eligiendo y si uno selecciona, hay que optar y cuando optamos, nos vemos obligados a desechar otras oportunidades. Al menos, por el momento). 

Tenemos un pintor, tenemos un cuadro (o dos para los que tienen hijos más mayorcitos) y ahora, propongámonos hacer la visita un día del fin de semana. ¡Oh, vaya! El Museo del Prado recibe millones de visitantes al año, miles de personas recorren sus salas a diario. ¿Cuál es el mejor momento para ir? ¿En qué horario habrá menos gente? Nos preguntamos inquietos. Además, hemos elegido a ¡Goya!, que es una estrella en el firmamento de la pinacoteca. Una de las Mejores Pinacotecas del Mundo Entero, como no se cansan de decirnos en cualquier medio de comunicación. 

Nuestros hijos nos ayudan de nuevo y nos facilitan la tarea. Ellos no saben que ese lugar es el buque insignia de la visita cultural a Madrid, ni saben que forma parte de cualquier ruta turística de la capital, de cualquier touroperador que se precie. Ese día, nuestros hijos hacen lo que hacen siempre, madrugar, y algunos madrugan muchísimo. Así que, nos sacudimos la pereza, nos levantamos con ellos, desayunamos juntos y ponemos agua y galletas en una mochila o un zumo y un poco de fruta, un pequeño tentempié imprescindible para toda familia excursionista que se precie. 

Y nos lanzamos a nuestra excursión. ¡Ah! Es domingo, aún es temprano y Madrid está desierto, qué sorpresa. Descubrimos una ciudad infinitamente más habitable sólo por el hecho de suprimir centenares de coches rodando por la calle. Qué bonita está nuestra ciudad con menos tráfico y menos ruido. Sólo ese detalle nos hace relajarnos, es otra de las sensaciones agradables del día y aún no hemos pisado el Museo. 

Nuestros hijos nos han ayudado a contemplar una cara nueva de nuestra ciudad. Madrid puede mejorarse, quizá incluso alarguemos nuestra reflexión hacia otros aspectos: la importancia de fomentar el transporte público, de lograr un entorno menos ruidoso, de descongestionar las ciudades y cómo el tráfico rodado es un peligro grave para que los niños de cierta edad, se muevan de un lado a otro sin la compañía de los adultos. 

Una vez que llegamos al Museo, adquirimos nuestra entrada, y de nuevo empezamos a percibir multitud de detalles que una visita de adultos apenas tiene en cuenta: si llevamos a un bebé en carrito, lo importante que es el acceso a minusválidos y tanto con bebé como sin él, la importancia de áreas de descanso dentro del Museo para poder contemplar los cuadros con mayor tranquilidad. En general, nos damos cuenta de lo poco o nada que un Museo como éste está preparado para recibir a familias con niños. Pero eso no nos desanima, al contrario, estamos allí y merece la pena. Para encontrar el cuadro que quisiéramos ver solicitamos un plano, para localizar más fácilmente nuestro “Goya” y, si tienen edad suficiente, lo intentamos con la colaboración de nuestros hijos. Es un juego delicioso para los niños que incrementará su expectación.

En resumen, una mezcla de esfuerzo y juego que culminará en otra deliciosa sensación, contemplar una obra de arte. 

En nuestra elección hemos optado por el cuadro “X”. Refresquemos lo que hemos preparado en casa, escuchemos a nuestros hijos y sus comentarios: cómo se llaman los retratados, cómo visten, sus peinados... 

Disfrutemos de su curiosidad, intentemos contestar sus preguntas. Disfrutemos todos juntos de este momento y después, cuando creamos que ha sido suficiente, salgamos, a los columpios que hay cercanos, al Real Jardín Botánico que está al lado, a disfrutar de un paseo entre árboles y flores. 

Es el momento de tomar nuestro tentempié y terminar la mañana con la grata sensación de haber contemplado una hermosa obra, de haber enseñado a nuestros hijos que hay un ocio activo y enriquecedor que es divertido y estimulante. De haber disfrutado en familia. Sin exigir a nuestros hijos recordar nombres, fechas o datos; sin afanes didácticos. 


Estoy segura de que nuestros hijos querrán volver y nosotros también.


Maribel Orgaz
Autora de Las Estaciones de los niños
www.ocioenfamilia.com

 



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