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La infancia, especie en peligro de extinción
La infancia, especie en peligro de extinción
Autor: Elena Martín-Artajo
Area: Infancia » Infancia

La infancia no es el tiempo para adelantar los procesos, es el terreno abonado para sembrar las semillas que más adelante brotarán como pensamientos y capacidad intelectual. Es la etapa para aprender a través de las manos, los ojos, la boca, los pies, para experimentar las leyes físicas del mundo, para mojarse con el agua, jugar con la tierra, volar cometas con el aire, fascinarse con el juego, entrar en la realidad donde se vive.

La infancia, los años de Oro, es la etapa de nuestra vida que abarca las edades comprendidas entre el primer y los 9 años, edad ésta conocida como el Rubicón por ser el difícil paso por el que se abandona la infancia. Dejarán de ver con ojos mágicos y de vivir en simpatía con el mundo.

Pero antes, esos años en los que se forme o deforme el futuro adulto, con sus leyes, sus escalones, sus personajes fantásticos, su forma peculiar de entender y sentir el mundo que les rodea, tan diferentes a la forma adulta.

¿Quién de verdad la conoce? ¿Quién tiene el don de entrar en su jardín? Un poeta dijo que sólo los “tontos”, los humildes, los genios, los ancianos sabios, los limpios de corazón poseen aún el mágico don de ver con los ojos de un niño.

Pero la infancia está amenazada. Vivimos en un mundo lleno, no hay espacios en nuestra vida cotidiana. No hay momentos de pausa, de escucha, de silencio. Hemos aceptado y asumido el ajetreo ruidoso en nuestra vida, vivimos con prisa y en continuo cambio. Los adultos más mal que bien podemos con ello ¿podemos con ello? … pero ¿qué consecuencias tiene esta forma de vida en los niños?

Paremos un momento y tratemos de recordar el número de veces que le digo a mi hij@ “corre”, es una coletilla que acompaña cualquier orden o acción que debe realizar. Y ¿qué ocurre con la cantidad de cambios que experimenta un niño durante un solo año? ¿Cuántas cuidadoras le han cuidado? ¿Cuántos cambios de casa, de colegio, de actividades?

Un niño necesita crecer sobre un suelo de seguridad, protección y abrigo, cualidades éstas que se alejan por naturaleza de la prisa, y se acercan, por naturaleza también, a los hábitos, la repetición, la tranquilidad, la paciencia.

Ni las leyes de crecimiento, ni la madurez, ni el carácter, ni el sentido del humor, ni la amistad, ni el aprendizaje, ni ninguna actividad puramente humana crece y se desarrolla con prisa.

La infancia está amenazada porque estamos acelerando los procesos de crecimiento, y lo hacemos cuando enseñamos a niños menores de 6 años a leer y escribir. Y concretamente cuando concentramos toda su actividad psicomotriz, emocional e intelectual en rellenar hojas y hojas de repetitivos y aburridos ejercicios de preescritura carentes de motivación. Así aceleramos un proceso madurativo delicadísimo, pues la infancia es la etapa preparada para que el niño conozca el mundo que lo rodea través de su experiencia, del aprendizaje vivencia, no del aprendizaje intelectual para el que todavía no está ni física ni emocionalmente preparado. 

Todos sabemos que a los 6, 7 años todos los niños aprenden a leer y escribir prácticamente sin esfuerzo. Aprender a leer no es únicamente un adiestramiento para reconocer símbolos, sino que conlleva, y esto es lo importante, una comprensión de lo leído y más importante aún, una motivación, un interés por lo que se lee.

La infancia no es el tiempo para adelantar los procesos, es el terreno abonado para sembrar las semillas que más adelante brotarán como pensamientos y capacidad intelectual. Es la etapa para aprender a través de las manos, los ojos, la boca, los pies, para experimentar las leyes físicas del mundo, para mojarse con el agua, jugar con la tierra, volar cometas con el aire, fascinarse con el juego, entrar en la realidad donde se vive.

Pero ¿qué hacemos los adultos? Alejarles de lo real, sentándolos en pupitres y mostrándoles el mundo a través de nuestros conceptos. Resultado: el niño pierde su natural interés por aprender.

La infancia tiene sus leyes, su tiempo sagrado, no es la etapa caótica de los locos bajitos. Conocer su proceso evolutivo nos ayudará en nuestra tarea como educadores de nuestros hijos, como padres y madres.

Al retomar la educación ennuestras manos, caeremos e la cuenta de que se está robando la infancia a nuestros hijos, y la daremos valor cuado reinstauremos la confianza en el pensamiento de que cada etapa tiene su tiempo, sus procesos únicos y sus diferentes motivaciones.

La infancia exige la calma para crecer, para moverse libremente, para jugar, para los trabajos manuales, para escuchar cuentos de hadas, para ver personajes mágicos, para poder imitar, en fin, para poder llegar a ser un ser humano en toda la gradiosa acepción de la palabra.


Elena Martín-Artajo
Pedagoga y maestra Waldorf
Escuela Waldorf de Aravaca
www.escuelawaldorfaravaca.com


 

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