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Emiliano nos señaló el camino y Ara nos enseñó a vivirlo
Emiliano nos señaló el camino y Ara nos enseñó a vivirlo
Autor: Gabriela Cob y Fernando Francia
Area: Parto Natural » Historias de partos

La vida nos cambió totalmente cuando supimos de nuestro primer embarazo. Con nerviosismo hicimos la prueba y desde que lo vimos positivo supimos que todo cambiaría y, además, nos decidimos a encarar todo lo nuevo que vendría. Eso fue en 1998 y el 18 de agosto de 1999 no fue el mejor día para Gabriela y para Emiliano, que veía la luz fuera del vientre materno por primera vez.

"Primeriza" le dijeron y la devolvieron del hospital. Habíamos buscado quien nos atendiera en casa —¡y quizás en agua!- pero hicimos un par de llamadas y no nos alentaron, más bien nos preocuparon con lo difícil que era y el costo. Pensamos que como todo el embarazo había ido maravillosamente, el parto sería igual y no nos preocupamos más de que llegado el momento tuviéramos todo listo para ir al hospital.

Cuando volvimos, luego de unas seis horas del primer intento, la dejaron entrar (¡solo a Gabriela!) y Fernando tuvo que quedarse esperando afuera, sin saber qué pasaba ni cuánto duraría. Ahí adentro los tratos no comenzaron bien. Sin información previa comenzaron a aplicarle la "rutina" dentro de los hospitales: Gabriela tuvo que quitarse la ropa, le colocaron una lavativa, terminaron por romperle la fuente y le pusieron suero con pitocín. Más tarde vino el monitoreo fetal y los tactos en una sala repleta de mujeres, doctores, enfermeras y estudiantes. Allí, por contactos dentro del hospital, pudo entrar Fernando y estar cerca de Gabriela. luego de casi diez horas y un trabajo de parto doloroso y prolongado el médico decidió intervenir quirúrgicamente: cesárea.

Estuvimos varios meses pensando y cuestionándonos a nosotros mismos por no haber puesto más energía en buscar formas alternativas para ese momento tan importante en la vida de nuestro hijo. Muchas cosas nos daban rabia e impotencia a la vez: saber que miles de mujeres pasaban por esa experiencia todos los días nos mortificaba aún más. En ese proceso nos dedicamos a investigar más el tema y a tratar de hacer algún cambio. Por lo menos en nuestras propias vidas.

Ara nació dos años y medio, exactamente, después que Emiliano. Pero su historia comienza antes. Antes de concebirla, ya habíamos conocido a la que sería la partera, Marie, y ya Gabriela estaba elaborando su tesis de psicología sobre "los impactos psicológicos de la hospitalización del parto". Con Marie y otras personas comenzamos una organización por la humanización del parto y estilos naturales de vida llamada Primal. Estudiamos, investigamos, conversamos, escribimos y publicamos decenas de folletos sobre las diversas intervenciones a la hora del parto y sobre el parto humanizado. La historia, esta vez, sería otra. Y así fue. Preparamos el parto muy intensamente, nos imaginamos muchas cosas. Gabriela trabajó de asistente de Marie en varios partos antes del que mas tarde iba a protagonizar. Las semanas y los meses pasaban y Ara se iba haciendo notar. Unos días antes Marie y su compañero instalaron la tina para tener la posibilidad del parto en agua. Todo venía muy bien. El parto sería maravilloso. Pensábamos mucho en cuándo y cómo sería ese día, pero es algo muy difícil de saber por adelantado, aunque no sea la primera vez.

Queríamos estar seguros de que esta vez sí íbamos a poder hacerlo como queríamos. Teníamos un equipo de gente dispuesta a llegar en cualquier instante a nuestra casa a ayudar en lo que pudiera: Marie, la partera; Rebeca, otra partera amiga que iba a ser asistente de Marie; Ansú, bioterapeuta, masajista y doula. Una de las fechas posibles de parto era el dos del dos del dosmildos. O sea que diez días antes estábamos pendientes cada minuto, para ver qué pasaba. Sin embargo, las primeras señales llegaron el lunes 11 con contracciones muy leves y unas tres por día. Todavía faltaba bastante. Pero el viernes 15 ya sentíamos que el gran momento se acercaba. Las contracciones venían más seguidas y más fuertes. Marie llegó a ver a Gabriela pero todavía faltaba. De todos modos Gabriela ya no podía dormir. Las contracciones la despertaban y venían, en las noches cada veinte o treinta minutos y en el día se dispersaban más. El sábado 16 llegó Ansú, con masajes y palabras reparadoras para Gabriela, que ya estaba muy cansada. Intentamos dormir el sábado pero fue casi imposible.

El apartamento estaba llena de candelas, aromas, sentimientos, paz, tranquilidad, un poco de nerviosismo y mucha emoción. Emiliano lo sentía también. Estaba contento por el nacimiento de Ara, le daba muchos besos a la panza. Hicimos del dormitorio principal una sala de partos con la tina, una silla para partos y muchas candelas, un cuadro que nos hizo la mamá de Fernando y otro que hizo Emiliano. Sabíamos que lo lograríamos, por eso sentíamos el ambiente tan especial. Cuando llega tu primer bebé estás algunos días como flotando, como que nada de lo que pasa a tu alrededor importa, más que tu bebé y la familia que comienza a formarse. Para el segundo el sentimiento no es el mismo pero es igualmente mágico. Te preguntas como será, aunque algunas cosas ya te las imaginas. Crees que todo será más sencillo, pero en realidad (como con el primero) casi no sabes lo que te espera.

Fernando estaba más dedicado a Emiliano, para jugar, salir a pasear por el barrio, conversar, contarle de lo que estaba pasando. El domingo en la mañana, con un cansancio que creíamos era el límite, hablamos con Marie y tomamos una importante decisión. Había tres opciones: seguir así con algunas hierbas que estimularan la labor, tomar un sedante para poder descansar y luego seguir y, por último, ir al hospital, aplicar pitocín y esperar que no "decretaran" otra cesárea. Elegimos la segunda, porque Gabriela estaba muy cansada y, así, pudo dormir cuatro horas seguidas. Fue lo mejor que pudo suceder ya que llevaba casi cuarenta horas sin dormir bien. Al despertarse comenzó la labor más activa y al rato llegó Marie dispuesta a quedarse hasta que Ara y su mamá se pusieran de acuerdo. Fernando había salido con Emiliano a jugar y cuando volvieron estaba la casa cambiada. Luces bajas, música suave y agradable. Dentro del apartamento se imponía un respeto por la vida, los movimientos los percibíamos lentos, quienes allí estabamos irradiamos la buena energía que estábamos sintiendo. Nada había pasado, pero en la atmósfera se sentía algo raro. Emiliano estaba esperando el momento, no quería perderse de nada de lo que allí sucediera. Al fin y al cabo era su casa y ¡su hermanita!

La noche fue larga. Cada tanto emergía la posibilidad de que no tuviéramos éxito, pero nunca nos abandonó una profunda confianza que tomamos de nuestra propia convicción, las palabras de aliento de familiares, amigas y las mujeres involucradas en estos últimos días: Marie, Rebeca y Ansú.

Gabriela manejó la situación a la perfección. Desaprendió todo lo que le habían "enseñado" en el curso de preparación para el parto de Emiliano, especialmente las respiraciones. Inhalaba profundo y soltaba el aire despacio, largo, con sonidos en cada contracción, se sostenía de Fernando, se ponía de cuclillas o apoyada en Marie o Rebecca. Constantemente le daban alimentos (frutas, miel) y agua para mantener la energía. Caminaba por toda la casa. Se metía en la tina para refrescarse, relajarse y pensar que cualquier momento podría ser el momento. El espacio era suyo, propio, conocido, amable; en ese mismo lugar habíamos concebido a quién llegaría pocas horas después. Gabriela recibía cariños y masajes para darle, o más bien devolverle, a su cuerpo su capacidad de abrirse, de entregarse a este nacimiento.

Entre las 12 de la noche y las seis de la mañana pasó todo lentamente. Ahora la recordamos vertiginosamente, todos los sentimientos y sensaciones. Esa, la tercera noche sin sueños, era más que un sueño, era más que una visión. Esa noche mágica será imborrable para todas las personas que estábamos confiando en la poderosa sabiduría de las mujeres.

Volver a confiar en el propio cuerpo es un desafío muy grande cuando esta sociedad niega esa posibilidad a las mujeres. Esa convicción estuvo muy presente en esa larga noche. Llegó el momento en que el agotamiento fue demasiado, el sueño se imponía entre contracción y contracción. Antes de las seis de la mañana, llegó la rendición. Rendirse, dejar que el cuerpo se deje llevar casi de manera inconsciente entre la relajación y el dolor, permitió que Ara decidiera que ese era el momento, que todo estaba preparado para salir suavemente a la celeste luz del amanecer, sin desgarrar ni un centímetro a su madre. Emiliano estuvo muy presente, se despertó una hora antes del nacimiento y mirando apaciblemente participó de ese momento tan sagrado. La luz del día, suave, serena, perfumada, se comenzaba a colar por la ventana. Ara salió rápida y serenamente, solo había espacio para la emoción, la emoción de que lo habíamos logrado, de que recuperamos la sabiduría del cuerpo, de que desafiamos a la institución médica y todas sus obsoletas prácticas. Nosotras recuperamos nuestro parto, nacimos, renacimos todas y eso fue lo mejor que pudimos hacer.

Gabriela Cob y Fernando Francia

www.cosmovisiones.com/primal

Gabriela Cob y Fernando Francia son activistas por la humanización del parto. Ella es psicóloga y él diseñador gráfico y periodista. Mientras este ejemplar se imprime Gabriela, Fernando, Emiliano (de dos años y ocho meses) y Ara (de tres meses) disfrutan juntos del asombro por la vida en Costa Rica.



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