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Hay que vivir. Parto en casa
Hay que vivir.  Parto en casa
Autor: Pedro Escribano
Area: Parto Natural » Historias de partos

No había visto yo nunca una mujer mejor puesta en su papel como parturienta, y he "dirigido" (será por eso) a muchas cuando trabajé en el hospital; rezumaba sexualidad, pura sexualidad femenina, volcada hacia la relación corporal con su cría, tan alejada y tan parecida (por ser de la misma naturaleza) con la única sexualidad que nombramos y reconocemos, la de los adultos.

Habrá que demoler barreras, crear nuevas maneras y alzar otra verdad,desempolvar viejas creencias que hablaban en esencia sobre la simplicidad. Darles a nuestros hijos el credo y el hechizo del alba y el rescoldo en el hogar.Y si aún nos queda algo de tiempo poner la cara al viento y aventurarnos a soñar."

HAY QUE VIVIR. (J.B. Humet).

¡Hola amigos!

Soy Pedro, comadrón. Soy de Albacete.

Quería que fuerais participes de un hecho muy especial que ha pasado en un pueblo de esta mi tierra, que amo.

Encima de un monte, en un pueblo que aún conserva su estructura medieval, su castillo dominando toda la llanura manchega, ha nacido un niño en su casa, rodeado, adorado, por su madre, padre, abuela, hermana y dos comadrones.

Esto ocurrió el 11 de Enero de este año en Chinchilla.

Todo empezó para mí, hace unos meses cuando sus padres acudieron a mi casa para comentarme que querían tener su hijo en casa. Este deseo que en otras partes de España es mas corriente que se exprese y se lleve a cabo, aquí en mi tierra, es poco frecuente y socialmente mal visto, a pesar de que la mayoría que lo critican nacieron en sus casas, aunque esos eran otros tiempos.

Ante la expresión de este deseo por la pareja, les ofrecí varias opciones, y como estaba recién llegado de la asamblea de la plataforma pro-derechos del nacimiento celebrada en Barcelona, animado por el efecto balsámico sobre mis miedos que me produce contactar con Mª Angeles Hinojosa y por haber conocido a las Mujeres que acudieron a la reunión (fue un encuentro muy especial para mí), pues me incluí yo también dentro de las pocas opciones para parir en casa que pude ofrecerles. Cual fue mi alegría cuando semanas después recibía, como un regalo, la petición por parte de Ana (la mamá), de que la acompañara en el nacimiento de su hijo.

El tiempo de espera hasta el nacimiento transcurrió agradablemente, con reuniones semanales donde facilité libros a Ana y Antonio (el papá), y me sorprendió y agradó la confianza que tenían en ellos, como papas, para darle lo mejor a su bebé (Pablote).

Yo consideré que, como era mi primera experiencia de parto en casa, necesitaría la compañía de otra comadrona experimentada, y como ya lo había hablado con mi hermano Juanjo Juanas (comadrón Madrileño y hermano del alma), después de comentarlo con los papas se lo pedí y, otra vez como un regalo, se ofreció a asistir al nacimiento sin ninguna vacilación.

Durante el periodo de "estar de guardia" (3 semanas antes de la fecha probable), experimente el esfuerzo que esto supone, algo novedoso para mí, mientras compartía mis días con mi familia, notaba como un peso en mis hombros, en mi espalda, me indicaba la responsabilidad que estaba asumiendo.

Y por fin llegó el día del nacimiento. Ana estaba tranquila, sus contracciones estaban regularizándose, le ofrecí explorarla, comprobé que el parto ya estaba en marcha, percibí en ellos alegría y excitación, yo sentí un gran miedo y angustia, era ya una realidad, yo era responsable de vigilar el proceso y a la vez, de no perturbar el ambiente que rodeaba al nacimiento, que habíamos preparado las semanas anteriores. Empezó la lucha con mis miedos.

La actitud de Ana, muy en su papel, y de su madre, con ese saber estar que tienen las mujeres mayores manchegas, me ayudó a controlarme, me preocupaba mucho que notaran mi miedo y se les contagiara a ellos. Pero se ve que lo disimulé muy bien, porque según avanzaba el parto Ana estaba más puesta en su papel de parturienta y Pablote, su hijo, daba signos de estar muy bien. Conseguí apartarme un poco de ellos y me tranquilicé, además cenar todos juntos también ayudó, y Juanjo ya estaba en camino desde Madrid.

Ana ya casi había dilatado del todo, ya jadeaba algo con las contracciones, que eran cada vez más rítmicas, pense: ¡Bien!, si se permite jadear, es que no se inhibe ante mí, esta entrando en su papel sin interferencias. Antonio se encargo de llenar la piscina de agua, caldear la habitación, colocar una luz indirecta. Y llegó Juanjo, saludando, dando confianza, yo a esas alturas ya estaba más calmado, más seguro, pero cansado, hicimos un aparte y le conté como iba el proceso, Ana aprovecho para desnudarse y meterse en la piscina. Se colocó de rodillas y sentada sobre las piernas, con las contracciones se reclinaba hacia delante como oran los musulmanes a Dios. Poco después rompió aguas, no había visto yo nunca una mujer mejor puesta en su papel como parturienta, y he "dirigido" (será por eso) a muchas cuando trabajé en el hospital; rezumaba sexualidad, pura sexualidad femenina, volcada hacia la relación corporal con su cría, tan alejada y tan parecida (por ser de la misma naturaleza) con la única sexualidad que nombramos y reconocemos, la de los adultos. Era impresionante verla, con sus rodillas separadas, pegando su torso al agua cada vez que tenía una contracción, moviendo sus caderas, jadeando en sus pujos que ya empezaban, en su mundo, en su trabajo, aceptándonos como su entorno intimo, como dijo días después Antonio, éramos un todo, éramos un equipo. --Y yo allí, asombrado, tranquilo, muy cansado, y con mi lucha interna, debo vigilar el proceso sin interferirlo. Pero en mis años de "deformación" del hospital, si tenia que valorar algo, la mujer estaba colocada como a mí me venia mejor, tenia las mejores condiciones de luz para ver--. Aquí la mujer no estaba a mi disposición, sino yo a la de ella y su bebé. Escucharle el bebé en el agua con el ultrasonido ya sabia como hacerlo porque Juanjo me dijo que con un preservativo en el traductor se evitaba que se estropease, pero ese día me enseño como mejor hacerle un nudo para que no entrara agua.

El observar el color del líquido amniótico cuando sale en el agua y con poca luz también me costó; yo estaba sintiendo necesidad después de un tiempo de pujos de valorar con un tacto como avanzaba la cabeza y no me decidía, no quería molestar a Ana para que cambiara de postura, hasta que Juanjo me indicó (fueron de gran valor sus indicaciones) que la tactara, le pregunte ¿Cómo?. --Por detrás, me contestó--. ¿Por detrás?. ¡Ah, claro! Nunca lo había hecho, pero era lógico, pero con relación a lo que valoras cuando tactas a una mujer desde delante, es como ver las cosas al revés, haciendo el pino.

Por fin, Pablote asomaba la cabeza a través de la vulva de su mamá, ella empezó a querer estar más sentada, acuclillada, enfrentarme al periné me asustaba, preferí ayudarla en la postura de cuclillas asistida (pasando los brazos debajo de sus axilas y dejando que ella dejara caer su peso sobre ellos). Pablo tardaba en salir, los pujos eran cortos, y mi espalda y brazos dolían, le pedí a Juanjo que me relevara; Pablote poco a poco asomaba su cabeza y la vulva de su madre se alargaba, ¡nunca había visto alargarse tanto una vulva!. En el hospital tiraba pronto de tijera. ¿Era normal?, ¿debía hacer una episiotomía?. Miré varias veces a Juanjo que sujetaba a Ana pero no vi respuesta en sus ojos, --no le pregunté verbalmente por no transmitir inseguridad al resto del grupo, ¿o fue por orgullo?--. La situación era tensa, al final decidí no hacer episiotomía.

También intenté escuchar el latido de Pablote dos veces y al estar su dorso por debajo de la sínfisis e interrumpirme las contracciones no lo conseguí. Hasta hacia poco sus latidos habían sido normales, eso me consolaba, pero ahora era necesario volverlos a oír. Otra vez Juanjo se colocó delante de Ana y yo la sujeté, él si consiguió dos veces oír el latido de Pablote fuerte, claro y a ritmo normal, ¡qué alivio!. Me disponía a esperar con paciencia un poco más, porque Ana en ningún momento pidió ayuda, si que preguntaba como estaba su bebé y decía que estaba muy cansada. De repente, como una bala ¡pum! salió Pablo, Juanjo lo cogió suavemente del agua y lo dejo en brazos de su madre. Lo que yo más recuerdo, al estar detrás de ella, es ver los grandes y oscuros ojos de Pablo buscar y encontrarse enseguida con los de su madre, esta decirle cosas cariñosas y mecerle, fue muy emocionante, después todos los demás nos abrazamos.

Aunque la familia estaba muy contenta, yo no me relajé aún, sabía que hasta que no saliera la placenta no se había acabado el parto, este es el problema de saber. Pero todo se resolvió muy bien, recuerdo como Pablo ayudaba a su mamá a expulsar la placenta, Pablo lamía el pezón de su madre y contracción que venia. También recuerdo que después de dejar de latir el cordón, fue Ana la que deseó cortarlo.

Por fin, de madrugada, volví a casa a tiempo de que mi mujer se fuera a trabajar y yo quedarme con mis hijos, estaba dolorido, derrotado, pensando: "Nunca más, esto no es lo mío, no soy adecuado para este trabajo".

El fin de semana vino Juanjo desde Madrid a visitarnos, me consoló que el también tuviera agujetas, como yo, de sujetar a Ana. Estuvimos hablando de la experiencia y yo le declaré que quería atender partos en casa pero que algo no había hecho bien, porque mi objetivo no era sufrir, como lo había hecho, sino gozar ayudando y acompañando a las mujeres, me contestó, de manera sencilla, con la habilidad que él tiene de contestar a cuestiones trascendentes, que en nuestro transcurrir en la vida era inevitable algo de sufrimiento siempre que tomamos la decisión de hacer el camino por nuestro propio pie, lejos de los "axiomas indiscutibles". Esto me abrió los ojos, era cuestión de demoler barreras o miedos (presentes en otros compañeros, en la gente de mi familia y en mi mismo), crear nuevas maneras y alzar otra verdad (aprendiendo de la experiencia de otros con quienes compartimos el camino y luchar contra nuestro orgullo), desempolvar viejas creencias que hablaban en esencia sobre la simplicidad (escuchando a las mujeres-madres), para darles a nuestros hijos el credo y el hechizo del alba (creer en un mañana nuevo y prometedor y está en nuestras manos dárselo) y el rescoldo en el hogar (recuperar la creencia de que los tiempos que compartamos con nuestros hijos no son en vano, son la esencia de nuestra felicidad). Y si nos queda algo de tiempo darle la cara al viento y aventurarnos a soñar (con un mundo mejor y más humano). Y como dijo el cantor, aún sufriendo por mis miedos y limitaciones, HAY QUE VIVIR, o por lo menos intentarlo.

Un saludo.

Pedro

Relato de Ana

 

 



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