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Nacimiento de Duna
Nacimiento de Duna
Autor: Núria Vía
Area: Parto Natural » Historias de partos

En un momento dado la intensidad de las contracciones se disparó. En cada una de ellas sentía una mezcla de dolor y placer difícil de describir: empezaba con dolor, pero en la medida en que movía mi cuerpo acompañándolo en la experiencia de la contracción y expresaba todos los sonidos que iban surgiendo, el dolor se iba transformando en una especie de experiencia sexual orgásmica.

Nacimiento de Duna

Llegaste un soleado domingo de septiembre. Durante la noche del sábado al domingo me desperté y ya tuve la sensación de que el parto no podía tardar. Me puse otra vez a dormir, pero con una cierta excitación por todo lo que se avecinaba.

El domingo a media mañana sentí deseos de hacer de vientre. Y mientras estaba allí sentada tan feliz, de pronto tuve una sensación...., sentí como un ¡¡ppfftttt!! Muy suave y .....¡¡ se había roto la bolsa que te acogía!! Y el líquido amniótico iba saliendo lentamente... ¡¡¡ Era fantástico!! Yo estaba emocionadísima. Avisé a Santi y cogí el teléfono para llamar a Migjorn.

Eran las 11'30. Hablé con Daniela, la comadrona, que me hizo algunas preguntas y me animó a llamarla de nuevo ante cualquier novedad. Pero yo ya no cabía en mí de felicidad. Me sentía radiante y muy serena. Y, mientras, iba perdiendo líquido amniótico. Resultaba tan agradable...

Sonó el teléfono. Era Daniela. Había hablado con Montse (la ginecóloga) y habían acordado acercarse para ver que tal marchaba todo. Aún recuerdo que le dije que no había prisas, que todavía no había tenido ninguna contracción. Pero ella insistió en venir, y que si acaso, ya se volverían a marchar.

Ordené un poco el comedor. De vez en cuando sentía una pequeña contracción, muy suave, como un preludio. Me apeteció echarme a la cama, bien tapadita y bien quieta. Las contracciones iban viniendo poco a poco. Venían y se iban. Eran visitas fugaces, agradables. ¡Me sentía tan y tan bien! De vez en cuando recibía la visita de Aram, que se subía a la cama, me daba un beso y un abrazo, y se iba otra vez.

Las contracciones eran cada vez más intensas. Ya no sentía frío, más bien calor. Cada vez estaba más agitada. Las contracciones se hacían más largas y más seguidas. Necesitaba ir al baño. Apenas tuve tiempo de llegar entre contracción y contracción.

Volví a la habitación. Al rato me puse a cuatro patas encima de la cama. Así podía mover bien la pelvis, y ello me resultaba bien agradable. Aram estaba echando una siestecita en la habitación contigua mientras tú estabas ahí, haciendo los últimos preparativos antes de tu primer viaje.

En un momento dado la intensidad de las contracciones se disparó. En cada una de ellas sentía una mezcla de dolor y placer difícil de describir: empezaba con dolor, pero en la medida en que movía mi cuerpo acompañándolo en la experiencia de la contracción y expresaba todos los sonidos que iban surgiendo, el dolor se iba transformando en una especie de experiencia sexual orgásmica. Recuerdo la sensación de empezar cada contracción arrugando la frente y terminarla con una amplia sonrisa en los labios. Llegó un momento en que la experiencia era tan y tan intensa que sentí que aquello no sería capaz de aguantarlo por mucho tiempo. Una vivencia tan bestial se podía vivir durante un cierto tiempo, pero no mucho. Recuerdo haber hablado de ello con Montse y que ella me dijo que ya faltaba poco para que tú nacieras. También Daniela, después de algunas contracciones extáticas, me decía "la bebita ya mismo está aquí". Más tarde me explicaría que todo lo que yo expresaba (sonidos, movimientos, etc) eran indicadores claros de que tú estabas ya muy cerca.

Me instalaron una mesita auxiliar encima de la cama para poder apoyar los codos y el tronco. A cada contracción me abrazaba a ella. En un momento de agitación me quité la ropa, pues me sentía sofocada.

De pronto sentí la necesidad de levantarme, y lo hice en un arrebato. Me puse de pie encima de la cama apoyando las manos en la mesita. En aquel instante sentí un "crac" en mi interior y tú empezaste a descender. Jamás me había sentido tan mamífera, tan viviendo una experiencia desde mi instinto.

Volví a arrodillarme y apoyé mi cuerpo en la mesita. A partir de aquel momento todo fue muy rápido; lo único que hice es mantener mi cuerpo bien relajado para facilitarte el camino. Tú sola fuiste abriéndote paso y viajando hacia tu nacimiento. Recuerdo el momento en que tu cráneo hizo presión sobre mi suelo pélvico, y aquella sensación de desgarro que ya había sentido cuando nació tu hermano. La diferencia fue que esta vez no me asusté. Ya conocía la experiencia y por eso fui capaz de vivirla con serenidad y tranquilidad.

Durante el expulsivo sentí la necesidad de gritar. No era porque sintiera un dolor especial. Era un grito de fuerza: era la expresión de la fuerza de la vida, de tu vida.

Después de asomar tu cabecita hubo como un descanso. No me venía ninguna contracción y me tomé un respiro. Recuerdo a Daniela diciéndome:"aprieta, aprieta,..." Pero yo no sentía ninguna necesidad de apretar. Pasó un tiempo. Percibí que los de mi alrededor empezaban a impacientarse, como si no fuera correcto que estuvieras tanto tiempo con la cabeza fuera y el cuerpo dentro. Pero yo me sentía perfectamente bien.

Te cogieron por la cabeza y te la movieron un poco para intentar ayudarte a salir, y entonces me vino una fuerte contracción y tú saliste como si nada.

Fue fantástico. Te dejaron entre mis rodillas y rápidamente te acogí y te abracé. ¡Olías tan bien! Deseaba comerte a besos. ¡¡¡Qué amor tan grande sentía!!! Eras preciosa. Por fin podía tenerte en mis brazos y expresarte, con mi cuerpo, todo mi amor. Eran las cuatro y veinte de la tarde.

Santi fue a buscar a Aram, que se había despertado con mis gritos y estaba un poco asustado. Al entrar en la habitación os visteis los dos por primera vez. Él te miraba un poco extrañado, sin saber muy bien lo que estaba pasando. Entonces Santi, con Aram en brazos, te cortó el cordón umbilical.

Y tú seguías allí, bien abrazada a mí. Llorabas. Yo te mecía con mi

cuerpo. Hasta que, poco a poco, te encontraste con mi pezón izquierdo y empezaste a succionar. Tus ojos parecían asustados. Quizá todo había sido demasiado rápido para ti, y no entendías nada. Después de un buen rato de chupar ya te quedaste mucho más relajada.

Montse me preguntó si me apetecía un batido de placenta para recuperar fuerzas, y yo me sentía tan mamífera que le respondí que sí. Estaba riquísimo ¡Mmmmm! Pesaste 4,100 Kg. Montse me cosió un par de puntos en el periné por un pequeño desgarro.

Me sentía la mujer más feliz de la tierra. Había dado a luz a una niña preciosa que me había hecho el regalo de un parto fantástico, lleno de vivencias intensas, instintivas, placenteras, y de todo.

Nos dejaron un ratito a solas. Fue entonces cuando decidimos tu nombre. A mí Duna me entusiasmaba. Me parecía un nombre tan femenino, tan sinuoso.... A Santi también le gustaba mucho. Bienvenida a la vida, DUNA.

Desde aquella tarde de septiembre que siento todo el amor del mundo por ti. Yo no sabía que algún día podría sentir por alguien la intensidad de Amor que he sentido siempre por Aram. Pues sí, Duna. Sois dos amores muy y muy grandes.

ARAM Y DUNA: ¡¡OS QUIERO!!

Núria Vía

 



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