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Nacimiento de Pablo. Parto fisiológico
Nacimiento de Pablo. Parto fisiológico
Autor: Ana Pérez Romero
Area: Parto Natural » Historias de partos

Fue el 10 de enero de 2002. Estando en la cama junto con Antonio, a las siete y media de la mañana aproximadamente, comencé a sentir pequeñas contracciones que se asemejaban al "dolor de regla", sin decir nada y con los ojos bien abiertos comencé a sentir y a observar como eran esos pequeños dolores.

No tenían ritmicidad, aparecían y desaparecían sin seguir un patrón fijo. Me levanté al servicio para ver si había manchado o algo así, pero todo seguía igual que siempre. No sabía muy bien si había llegado el día o tan solo eran pequeñas contracciones como en los días anteriores, me sentía un poco perdida porque no sabía si en el comienzo del parto iba a expulsar el tapón mucoso, iba a romper la bolsa de aguas... pero algo me decía que esta vez si que había llegado el momento, así que volví a la cama y le dije a Antonio que creía que el parto estaba comenzando. Antonio me puso la mano en la barriga y me preguntó que sentía, tras explicárselo decidió no ir esa mañana a trabajar. La mañana transcurrió tranquila, era jueves, que es el día del mercadillo aquí en Chinchilla, casi siempre bajo con mi madre a comprar frutas y verduras, pero esa mañana, aunque no me sentía mal, preferí no ir por si acaso me aumentaban los dolorcillos. Así que llamé a mi madre y le pedí que me hiciera ella la compra, le dije que me encontraba bien pero que creía que había llegado el día del parto. Me sorprendió su reacción , no percibí en ella ni miedo ni susto, la noté serena y tranquila, lo cual me tranquilizó todavía más.

Esa mañana como cualquier otra, hice las tareas de la casa, la comida...de vez en cuando notaba alguna contracción, me paraba unos segundos, respiraba y continuaba con lo que estaba haciendo. Me sentía nerviosa pero serena, creo que los nervios giraban en torno a la novedad de todo lo que iba a experimentar en las próximas horas, me sentía preparada y segura de mi misma, pero iba a vivir una experiencia totalmente nueva, no sabía a que me iba a "enfrentar". Como Pedro (comadrón) trabajaba de tardes, tras comentarlo con Antonio, decidimos llamarlo, los dos pensábamos que la cuestión iba para largo, pera era preferible que Pedro supiera como me encontraba para que fuese preparándose. Por teléfono le dije que sentía pequeñas contracciones, que no seguían un patrón determinado, sino que variaban tanto en intensidad como en el tiempo de aparición. A Pedro también le note muy tranquilo, me dijo que no iría a trabajar esa tarde, que quizá por lo que le contaba el parto tardaría bastantes horas pero estaría más tranquilo si se quedaba. Le dije que a mediodía le volvería a llamar para contarle la evolución.

Ultimé algunos detalles en la habitación elegida para tal fin, coloqué una vela, esencias, me aseguré de que el flexo funcionaba y coloqué la piscina. Después de comer, Antonio se echó un ratito en la cama y yo me tumbé en el sofá, durante ese tiempo desaparecieron las contracciones por completo, no sentía nada. Llamé a Pedro y le conté como iba la cosa, me dijo que sobre las cinco vendría a casa. Durante ese periodo de calma estuve hablando con mi pequeño Pablo, le dije que había llegado el momento, que los dos debíamos trabajar juntos para que todo saliese bien, que lo pasaríamos un poquito mal ,pero que por fin nos veríamos y nos abrazaríamos, que no tuviera miedo que todo, todo iba a salir bien. Recuerdo que me llamó una amiga para saber como estaba, le dije que bien, que intuía que el parto estaba cerca pero no le quise decir lo cerca que estaba para evitar visitas en ese día. A mi madre también le pedí que excepto a mi padre no se lo dijera a nadie más.

A las cuatro y media apareció mi madre con su "babi", dispuesta a quedarse a acompañarme durante toda la tarde. Yo le dije que qué hacía tan pronto allí, que la cosa iba despacio, ella me contestó "tu haz lo que quieras, pero yo me quedo aquí que no tengo otra cosa que hacer". Preparé café para cuando Pedro llegase y saqué carne del congelador para la cena. Cuando Pedro llegó nos dimos un gran abrazo (una de sus cualidades es que los abrazos y los besos los da de verdad, como deben ser) y le presenté a mi madre, ya que no se conocían todavía.

Nos tomamos el café los cuatro: Pedro, Antonio, mi madre y yo, y hablamos un poco , las contracciones volvieron a aparecer, pero seguían siendo muy variables. Pedro comentó que le daba la sensación de que todavía faltaba mucho tiempo, de que quizá pasaría la noche así y que se desencadenaría al día siguiente. Yo me sentía ansiosa, no quería esperar al día siguiente, no por estar con los dolorcillos tanto tiempo sino por pura "ansia" de que llegase.

Posteriormente Antonio se metió en su leonera y nos quedamos los tres en el salón. No se me olvidará nunca la pose de mi madre con su "babi" puesto, sentada en el extremo del sofá. Al principio la noté "cortada" pero conforme fue pasando el tiempo y fue conociendo un poco a Pedro se fue soltando....la tarde transcurrió así, charlando y viendo la televisión. Conforme pasaba el tiempo las contracciones se iban intensificando, de vez en cuando me levantaba y paseaba por la casa, sobre las siete o así, ya me obligaban a pararme y apoyarme en lo primero que encontraba, la mesa, la pared etc...Recuerdo que pensaba que si eso eran las contracciones reales del parto, aquello iba a estar chupao, la posición que más me aliviaba cuando sentía un dolor era apoyada y echando la barriga hacia delante. Con Antonio me sentía un poco mosqueá, ya que no podía entender que en ese día le diese por trabajar en su proyecto, se lo dije y me contestó que no le apetecía estar toda la tarde sentado allí con nosotros sin saber de que hablar ni que hacer. Lo que me cabreaba es que no me viera en esos momentos, yo me sentía un poco como el "enlace de unión" entre mi madre y Pedro ya que se acababan de conocer, así que me sentía un poco en la "obligación" de no dejarlos solos. Tampoco es que me apeteciese irme o hacer otra cosa, pero si Antonio hubiera estado allí yo me habría sentido con más libertad para moverme o quedarme sola. También se que si lo hubiera dicho, tanto Pedro como mi madre, lo hubieran entendido y respetado pero a mi me "daba cosa."

Hacia las ocho de la tarde Pedro sugirió explorarme para ver como iba la evolución y decidir entonces que hacer si irse, quedarse, llamar o no a Juanjo etc.

En el dormitorio me desnudé de cintura para abajo y me tumbe en la cama, Pedro se puso unos guantes y me dijo que no me preocupara que no me iba a hacer daño. Me abrí e introdujo sus dedos, era cierto, me molestó pero no me dolió. Pedro me miró y me dijo "todo va estupendo, ya llevas unos cinco centímetros de dilatación". Experimenté una mezcla de nerviosismo y alegría, ¡ya había dilatado 5 centímetros y sin apenas enterarme!. Le pregunté si iba a tardar mucho y me contestó que no, que la cosa iba bien y rápida. Tras oír esto todos nos pusimos en marcha, yo me puse el pijama para estar más cómoda y le pedí a mi madre que se encargara de la cena. Pedro llamó a Juanjo para contarle que había llegado el momento, para que viniera lo antes posible (tenía que venir desde Madrid). Antonio se puso a colocar las gomas para llenar la piscina y retirar trastos de la habitación. Quise ayudar a mi madre a hacer la cena, pero no pude, ya que cada tres pasos tenía una contracción, y ya se iban embraveciendo, me obligaban a parar y respirar profundamente durante un rato. Pedro se cambió de ropa para estar más cómodo y subió del coche algunas cosas que necesitaría.

Durante la cena alternaba los bocados a una salchicha con las contracciones, la verdad es que era todo un cuadro, solo se me podía ocurrir a mí el comerme una salchicha mientras estaba casi de parto. Al verme todos se echaron a reír, pero al final la salchicha

cayó.

Al terminar de cenar nos metimos en la habitación, me senté en la cama junto con Pedro que con una sonrisa y un tono de voz muy dulce me preguntaba como me sentía. Los dolores se hacían más intensos y aparecían muy seguidos, pero creía que todavía no había llegado el momento, no sentía ganas de empujar. Así que les dije que nos fuéramos al salón, allí estaríamos más cómodos y la espera no se haría tan pesada. Mi madre se sentó en un sofá y Pedro en el otro a mi lado.

Mientras veíamos la tele (que es un decir, porque la mirábamos pero ninguno la veíamos) sin decir nada, Pedro iba controlando cada cuanto tiempo aparecían las contracciones, cuando me veía con una, miraba discretamente el reloj.

Sobre las diez o diez y media vinieron Magüi y su compañero, la verdad es que cuando los vi aparecer me molestó, sobre todo cuando Antonio se fue con ellos a la salita a acompañarlos mientras cenaban. Me pareció increíble que vinieran a cenar en un momento así y que Antonio se fuera con ellos y no se quedara a mi lado. De vez en cuando Pedro me acariciaba la espalda y me cogía de la mano, sentí que de alguna manera ese papel le correspondía a Antonio pero no se lo pedí. Antonio me había dicho que en este día le pidiera todo lo que necesitara, pero yo una vez más fui lo suficientemente cabezota y tonta para callarme. Durante ese corto periodo de tiempo la cuestión adquirió otro matiz, las contracciones eran mucho más fuertes, me echaba hacia delante y agarraba con fuerza la pequeña mesa del salón, ahí fue cuando me centré totalmente en mi misma, en sentir las contracciones y en aprovechar los intervalos para respirar y descansar. Con cada contracción sentía la necesidad de gemir, cada vez más fuerte. Mi madre dijo aquello de "ya se va poniendo muy colorá con los dolores". Ya no me importaba nada del exterior, ni si Antonio estaba o dejaba de estar, ni si mi madre sentía miedo, ni nada de nada. Estando en una de las contracciones pasaron al salón Magüi, Juan Carlos y Antonio. Magüi me preguntó si me importaba que se quedara a ver el parto, yo le contesté que no me importaba, que estaba muy centrada ya en lo mío. Y era verdad, me daba igual que se quedara o no, estaba totalmente en "mi mundo". Magüi con una gran sonrisa me agradeció el permitirle que se quedara y me alegro mucho de que así fuera. Juan Carlos, su compañero, se fue tras darme un beso y desearme suerte. Entonces, le pedí a Antonio que se quedara a mi lado, necesitaba sentirle cerca, sentirme arropada por él. Pedro sugirió (siempre sugería o pedía) explorarme de nuevo para ver como iba evolucionando el proceso. Ya con bastante dificultad me levanté y nos fuimos a la habitación, tras la exploración, Pedro puso sobre mi barriga el aparatito ese (que no me acuerdo como se llama) para escuchar los latidos del pequeño Pablo, pudimos oírlos con claridad, eran fuertes y rápidos. Yo decidí quedarme allí y le dije a Antonio que ya podía llenar la piscina. No sabía si pariría allí, pero me apetecía en aquel momento sentir el agua calentita y quedarme allí un rato. Le pregunté a Pedro si era normal que no hubiese roto aguas todavía, el me contestó que cuando más tarde se rompieran mejor. No se cuando expulsé el llamado "tapón mucoso" ya que tan solo manché un poquito en estas últimas horas. Por lo que había oído me imaginaba que eso lo notaría, que mancharía con bastante sangre o algo así, pero tan solo mojé un poco las braguitas con un flujo rosáceo (supongo que sería eso).

Juanjo llamó por teléfono desde la carretera preguntando el camino pues le daba la sensación de que se había equivocado, tras explicárselo Antonio, me di cuenta de que aunque estaba algo desorientado llegaría en poco tiempo. Mientras Antonio llenaba la piscina, empezó a sonar el teléfono. Mi padre, Lucía...Antonio muy centrado en su papel, atendía el teléfono, llenaba la piscina, retiraba trastos para que me sintiera más cómoda..., lo sentí nervioso pero sereno. Las contracciones ya eran muy intensas, ya nada tenían que ver con los "dolores de regla". Ese dolor me recordó al que sentí cuando aborté, pero con la importante diferencia de que en el aborto el dolor era continuo, no habían pausas, y en esta ocasión eran dolores igual de fuertes pero con descansos que me permitían dejarme y recuperarme. Recuerdo que en esos momentos me acordaba de mis lecturas de los libros de Leboyer, cuando decía que las contracciones eran como olas en las que te tenías que dejar llevar. Yo intentaba eso, no luchar contra ellas sino dejarme llevar por ellas. Aunque reconozco que también me mosqueé con Leboyer y pensaba ¡qué, que como olitas, esto más bien es la marea entera!.

 

Sentía mucha sed, mi boca se secaba constantemente a pesar de que bebía agua sin cesar, Pedro comentó "y pensar que en el hospital no les dejamos beber agua". No sé cuanta agua bebería pero creo que bastante.

Llegó Juanjo, eran aproximadamente las 12 de la noche, Pablo ya no nacería el día 10 sino el 11. Juanjo asomó la cabeza por la puerta, yo estaba en plena contracción, cuando pasó, le miré y le sonreí. Pedro y Juanjo salieron de la habitación supongo que para comentar como iba el asunto.

Me quedé sola con Antonio y le pedí que me ayudara a quitarme el pijama, ya sentía ganas de empujar y me apetecía meterme en la piscina. Me desnudé y me metí en el agua tibia, le pedí a Antonio que añadiera un poco más de agua caliente. Primero intenté sentarme, pero no me sentía cómoda, así que me puse de rodillas, apoyando las manos en el fondo. Fueron pasando a la habitación, mi madre y Magüi cogieron dos sillas y se sentaron justo enfrente de mí, como espectadoras de lo que iba a acontecer. Las vi serenas y respetando el silencio. Hoy lo pienso y me hace gracia el imaginarme la escena de la piscina, yo dentro desnuda, y mi madre y Magüi sentadas a un metro de distancia observando. Lo curioso es que no me rompió nada, me daba lo mismo estar desnuda o no, depilada o sin depilar o que a un metro de distancia estuvieran dos personas sentadas y mirándome. Me sentía en un estado muy especial, centrada en mi misma, sintiendo y viviendo toda la intensidad del momento. Pedro y Juanjo se sentaron en el suelo muy cerca de la piscina y Antonio colocaba la videocámara. Es curioso, pero no sentí ni pudor ni vergüenza por estar desnuda delante de Pedro y de Juanjo, me sentía libre para hacer lo que me pidiese el cuerpo en cada momento. Lo del tema de grabar el parto o no, ya lo habíamos hablado antes, a mí me apetecía, siempre y cuando el hecho de tener la cámara no me distrajese de lo mío o me hiciese sentir incómoda. Así decidimos poner la cámara sobre un atril y dejarla así todo el tiempo, que se grabase lo que fuera.

La luz era muy tenue, tan solo un flexo que alumbraba indirectamente y una vela. Y comenzó el baile. Y creo que está muy bien la expresión de baile, era un baile entre mi cuerpo y el cuerpecito de Pablo, un baile que alternaba el ritmo fuerte y ligero con el más tenue y suave. Vuelvo a repetir que me encontraba en un estado muy especial y por tanto difícil de definir. Sentía como me iba abriendo con cada contracción, sentía todo el periné distendido y algo abultado. Los pujos ya eran intensos, necesitaba empujar. Conforme iba empujando me di cuenta que sentía muy dilatado el ano y que probablemente me haría caca (todo esto creo que no lo pensaba tan solo lo sentía, iba más allá del razonamiento descriptivo que estoy empleando para explicarlo), pero no me importaba, ni lo podía, ni lo quería controlar. Ya no sentía frío, al contrario me sentía sofocada por el calor, mi cuerpo emanaba calor ( por lo que ya no fue necesario que mi "aguador" añadiera más agua caliente a la piscina).

Con cada contracción me movía hacia delante, levantando la pelvis y apoyada con mis manos en el fondo de la piscina (Pedro más tarde describiría mi posición como cuando los musulmanes se ponen a orar, echando el cuerpo hacía delante). Recuerdo que sentía todo mi cuerpo involucrado en el proceso, mis brazos y piernas durante las contracciones se ponían rígidos y tensos. Todo mi cuerpo estaba trabajando, me sentía con mucha fuerza física. Al pasar la contracción me sentaba e intentaba dejar descansar todos mis músculos, especialmente los del periné y pelvis. No utilicé ninguna técnica de respiración de las que había leído u oído tan solo inspiraba y espiraba lo más despacio que podía. Pronto comencé a acompañar las contracciones con fuertes gemidos y pequeños gritos. Creo que pasó así una hora larga.

 

 

 

De repente durante una de las contracciones noté como algo se rompía dentro de mí y salía líquido, noté perfectamente como se había roto la "bolsa de aguas", como estaba mirando hacía abajo, vi como el agua se teñía con restos o "solajes" pertenecientes al líquido amniótico, quería decirle a Pedro que había roto aguas, pero como estaba en plena contracción no pude, así que antes de podérselo decir, el se dio cuenta. Ninguno de los presentes decía nada, se limitaban a observarme, respetarme y por tanto a ayudarme desde su silencio y saber estar. Pedro con mucha dulzura y un tono de voz muy bajito, me dijo que debía explorarme pero cuando yo quisiera. En ese momento el baile estaba en pleno ritmo festero y le dije que esperara.

Al ratito le dije que ya podía, dada mi posición: dentro del agua y en cuclillas, Pedro titubeó en el modo de hacerlo, Juanjo le susurró "por detrás", así que Pedro decidido se puso un guante y metió sus dedos por mi ya dilatada "vagina". Al sacarlos le pregunté que cuánto faltaba, el me contestó que lo comprobara yo misma, que metiera los dedos y palpara. Fue algo increíble, introduje mis dedos con algo de miedo, ¡y ahí estaba, era su cabecita!, pude tocar su pelo y sentir su calidez, me daba miedo hacerle daño, así que saqué los dedos despacio, con la satisfacción de saber que ya quedaba muy poco. De vez en cuando Pedro comprobaba el latido del pequeño Pablo colocándome en la barriga el aparatejo ese, lo cubría con un preservativo para evitar que se mojara y así de vez en cuando podía oír el coranzocito de mi campeón que también estaba en pleno trabajo.

Al verme en el momento en el que me encontraba y que no conseguía ya encontrar una posición cómoda, Pedro y Juanjo me sugirieron cogerme por detrás, con sus brazos por debajo de mis hombros, ayudándome a mantenerme erguida con mis pies apoyados dentro de la piscina. Así me sentí mejor, podía centrar más las fuerzas en cada pujo, claro que los pobres acabarían exhaustos porque yo hacía mucha fuerza y dejaba caer mi peso sobre ellos. En un primer momento Juanjo me sostuvo por detrás y Pedro con los pantalones subidos como un "regador" se metió dentro de la piscina a mi lado. Juanjo le pidió a Magüi que trajera un espejo para que yo pudiera ver como salía el pequeñajo, ya estaba cerca , nada más traer el espejo pude ver como su cabecita estaba coronando, pude ver su pelo negro, muy negro. Bajé mi mano y le toqué suavemente, ¡Dios que sensación! (es increíble que no se les permita hacer esto a todas las mamás en ese momento, me siento privilegiada de haberlo podido vivir así).

Antes de que la cabeza coronara recuerdo que conforme se iba abombando el periné sentía una sensación como si me "quemaran la vulva", sentía como todo se abría y se dilataba para dar paso al pequeñajo. Parecía que todo iba a acabar, pero Pablo se quedó encajado, así, con su cabecita dejándose ver pero sin poderla sacar. Ahí intentaba aprovechar al máximo las contracciones para empujar lo más fuerte que podía, incluso después de que acabaran seguía empujando, pero sin éxito, ya que una vez que acababa la contracción por más que quisiera no podía empujar más. En estos momento me asusté (creo que todos nos asustamos) y me puse nerviosa, veía que por más que empujaba, no salía. Me daba la sensación de que las contracciones duraban poco y de que el intervalo entre una y otra era largo.

Cuando venía una contracción le decía a Juanjo "ya viene otra" y me ayudaba a incorporarme, cuando se pasaba dejaba todo mi cuerpo caer dentro del agua, intentaba centrarme mucho en relajarme, ya que me sentía muy cansada. Y eso es lo que más me asustó, mi cansancio, no sabía cuanto tiempo podría aguantar más, me sentía exhausta, cuando más claro lo vi (que fue cuando me entro mucho miedo) fue cuando uno de mis pies, apoyados en el fondo de la piscina, se me dobló y por más que lo intentaba no podía colocarlo bien, no tenía fuerzas para moverlo.

 

 

Reconozco que me puse nerviosa y ahí creo que activé los chips conscientes, así que no hacía más que decir "¿falta mucho? "estoy muy cansada"", no es normal que no salga, lleva mucho tiempo así". Incluso pensaba en si Pablo estando así podría respirar (se me olvidó hasta la existencia del cordón umbilical)

A pesar de que después me confirmaran todos que también se asustaron, yo les veía tranquilos y animándome. Mi madre sentada sin cantearse enfrente de mí (y creo que haciendo la pobre tanta fuerza como yo), Magüi sosteniendo el espejo de rodillas en el suelo, Antonio sentado al lado de la videocámara que ya había dejado por imposible (a medio se le acabó la cinta, fue a por otra, pero al ver la situación pasó de la cámara), Juanjo sosteniéndome y Pedro dentro de la piscina en cuclillas animándome y diciéndome que ya faltaba poco, me decía que en la próxima contracción saldría. Pero yo sentía pasar una contracción y otra y nada. En ese momento sonó el teléfono, creo que ahí maldecí hasta a la telefónica en mis pensamientos, Antonio salió disparado para cogerlo y le grité "¡desconecta el teléfono ya!, recuerdo que por un segundo pensé que si Pablo naciera en ese mismo instante su padre se lo perdería. Me rompió un poco esa llamada, era Lucía preguntando si su hermanito había nacido ya. Se que lo pasó mal la pobre viviendo a distancia el proceso pero creo que no fue muy oportuna. Antonio regresó en treinta segundos y me sentí aliviada. Pedro le cambió el sitio a Juanjo, él me sostuvo por detrás y Juanjo se metió en la piscina (hasta con calcetines, de eso e di cuenta después, claro). En una de las contracciones, metió sus dedos y me abrió. Sentí como si me "rompiera" y una sensación de nuevo de "quemazón", empujé con todas mis fuerzas y como una bala de cañón el pequeño Pablo salió disparado a la piscina. No se retuvo en los hombros, salió disparado. No pude verle en el espejo, fue muy rápido y yo no estaba mirando en ese momento hacía él . Lógicamente sentí cuando salió pero fui "consciente" cuando oí a Magüi decir con entusiasmo "ya está". Inmediatamente Juanjo colocó a Pablo sobre mi pecho ¡Dios era precioso!. Prácticamente no lloró casi nada, solo un poquito en el trayecto de la piscina a mi pecho. Al cogerlo le acaricié la espalda y le dije "ya pasó mi pequeño, ya estas aquí, con mamá". Muchas veces había pensado que le iba a decir nada más verle, pero en ese momento no necesitaba nada preparado, las palabras surgían dulces y cálidas contemplando a mi pequeño. Fue un momento indescriptible, un momento de reencuentro tras nueve meses conociéndonos. Pablo tenía los ojos muy abiertos, nos miramos fijamente y luego fue mirando todo lo que había a su alrededor. Me parece increíble que un bebé recién nacido esté tan espabilado nada más nacer, lo sentí sereno y daban ganas de ir presentándole a la familia. Me quedé con él cerca de mi pecho y acariciándole suavemente. Alguien me dio una toalla y lo arropé. Como me sentía es algo que me cuesta explicar, era una especie de "éxtasis", no existía nadie más, no existía nada más excepto él y yo.

Así nuestro pequeño Pablo nació el 11 de enero de 2002 a las 2:10 de la mañana aproximadamente.

En el momento de salir me di cuenta de que tenía una vuelta de cordón alrededor del cuello, Pedro se la quitó rápidamente, recuerdo que en mi confusión cuando lo tenía ya sobre mí le dije a Pedro "ya está respirando ¿eh?", evidentemente estaba respirando, la transición de respirar " a través del cordón umbilical" y de respirar solito me dio la sensación de que fue muy suave. No daba sensación de que hubiese sufrido durante el parto, estaba rosado, con los ojos abiertos, tranquilo y sereno. Mi pequeño guerrero ya estaba allí, y estaba bien.

 

 

 

 

 

Se fueron acercando a ver al pequeñajo, todo eran palabras dulces y cálidas. Estando todavía el cordón sin cortar le pregunté a Pedro que cómo lo hacíamos, el una vez más me contestó que lo que yo quisiera. Preferí trasladarme a la cama, ya que comencé a sentir mucho frío. Con ayuda de Pedro y de Antonio me tumbé en la cama y volvieron a colocar al pequeño Pablo sobre mi pecho. Empezó a husmear el pezón, llegó a chuparlo un poquito pero no quiso cogerlo. Pedro me dijo que el cordón umbilical había dejado de latir, era el momento de cortarlo, no se cuánto tiempo había pasado pero creo que más de cinco minutos seguro.

Ya habíamos hablado de mi deseo de cortar yo misma el cordón, así que Pedro me dio unas tijeras y me ayudó a cortarlo. En ese momento sentí tristeza, iba a cortar el cordón que nos había mantenido unidos durante nueve meses, pero sabía que era necesario, que lo tenía que hacer, así que en voz muy bajita, casi susurrándole al oído le dije a Pablo " mi chiqui, voy a cortar el cordón que nos une, pero siempre estaremos unidos por un cordón que no se ve, pero que es mucho más fuerte que este, siempre estaré contigo" (recuerdo las palabras exactas porque fue un momento importante para mí y creo que para él).

En ese momento comencé a sentir de nuevo contracciones, ¡Dios, se me había olvidado que todavía quedaba por salir la placenta! ¡la cosa todavía no había terminado!. Me sentía feliz pero muy, muy cansada, creía que no tendría fuerzas para aguantar más contracciones...Magüi se acercó al pequeño Pablo y cogiendo su pequeño pie dijo ¡mirar, tiene un dedo de más!, todos miramos su pie y efectivamente tenía un dedito gordo de más, en ese momento me quedé sorprendida y eché un vistazo general por si veía "alguna cosa rara" más pero no la vi, así que me quedé tranquila y en ese momento no le di más importancia a la cuestión. Las contracciones se hacían más fuertes y sabía que debía aprovecharlas dadas mis pocas fuerzas, así que les pedí que aprovecharan para bañar al pequeñajo mientras se producía el alumbramiento. Antonio cogió a Pablo y entre él, Magúi y mi madre se encargaron de bañarlo y vestirlo. Mientras, me quedé con Pedro y Juanjo, tras echarme un vistazo dijeron: "tienes algunos desgarros, es necesario darte unos puntos". Dios mío, ahí me dieron hasta ganas de llorar, no podía más, tan solo quería y necesitaba irme a nuestro dormitorio y meterme en la cama junto con mi Pablete a descansar.

Hice un último esfuerzo y empecé a empujar con cada contracción, a pesar de que ponía todas mis fuerzas, la placenta no salía. Le dije a Pedro que si me podía ayudar, el me dijo algo que yo sabía de sobra (es increíble como en esos momentos te olvidas y pasas hasta de los más evidente), que no podía tirar del cordón, que la tenía que expulsar yo. Tras intentarlo durante un rato sin éxito, Pedro dijo que intentara orinar ya que como había bebido mucha agua, podría estar llena la vejiga y estar dificultando la expulsión de la placenta. Así que ayudada por Pedro me puse de pie, y desnuda, sosteniendo con mi mano el cordón umbilical con la pinza y todo, fui al servicio. No se como pude, porque me sentía todo el cuerpo machacado, pero apoyada en mi comadrón pude llegar al servicio (la verdad es que hoy imaginándome la escena me da risa, es de foto la imagen de llevar el cordón colgando con su pinza y todo). Me senté en el vater y Pedro abrió el grifo del lavabo para ver si me estimulaba y me ayudaba a hacer pis. Después salió, dejó la puerta entornada y se quedó detrás de la puerta por si necesitaba algo. Tras esperar un rato desistí, no podía, por más que lo intentaba. Me di cuenta de cómo estaba mi periné y flipé, estaba super abultado como si la cabeza del pequeño Pablo todavía estuviera ahí. Llamé a Pedro para que me llevara de nuevo a la cama, y seguí empujando con cada contracción, finalmente salió (¡que descanso!), tras revisarla Juanjo y Pedro me la mostraron (la verdad es que es una cosa grande y bastante fea).

 

 

Al día siguiente mi padre y Antonio la enterraron debajo de un pino que hay encima de nuestra casa, hoy cuando voy paseando con Pablo y paso por ahí siempre miro el pequeño pino y le digo a Pablo "ves, ahora el pino se alimenta a través de lo mismo que tu te alimentaste".

Pero todavía no había acabado, quedaban los puntos, alumbrados por el flexo Pedro y Juanjo examinaron la zona y fueron decidiendo donde era necesario suturar. Les pregunté si me pondrían anestesia (no quería más dolor), me dijeron que sí. Tras ponérmela Pedro empezó a coser, los primeros puntos no me dolieron pero al final si que sentí dolor, dolor y mucho cansancio. Recuerdo que sentía mucho frío y por más que me arropaban no desaparecía. En esos momentos llamé a Antonio, necesitaba sentirle cerca, mientras yo me quejaba por los puntos el me acariciaba y me ayudaba a no moverme. Cuando ya estaba casi terminando (serían sobre las 4 de la mañana) Magüi me dio un beso y se fue a la cama, colocaron de nuevo a mi pequeño Pablo a mi lado, vi que llevaba puesto el primer pijamita que le regaló su abuela, recuerdo que cuando lo vi, le dije a mi madre que era demasiado pequeño, y en aquel momento me di cuenta que no solo no era pequeño sino que llevaba varias vueltas dobladas en los bracitos....Por fin me acompañaron a nuestro dormitorio, me puse el pijama y me metí en las cálidas sábanas de mi cama con mi hijo a mi lado ¡mi hijo!. Me parecía increíble tenerle allí conmigo, me daba la sensación de que era imposible que así, lo hubiese tenido en mi barriga tan solo horas antes. Es como si en el embarazo, aunque por supuesto sabes que tienes un bebé en tu seno, no fueses consciente de que realmente es así, de que algo tan perfecto y tan hermoso hubiese estado allí tanto tiempo. No se, es algo difícil de explicar pero maravilloso de sentir. Antonio nos dio un beso y nos arropó, me dijo que si necesitaba algo, yo le dije que tan solo descansar y un zumo de naranja. No se porqué pero me apetecía exactamente eso, un zumo de naranja fresquito (sería un antojo posparto o algo así). Cuando me quedé sola, me puse a llorar y a mirar a mi bebé, era precioso, tenía los ojitos cerrados, intentaba dormir, estaba tan cansado como su mamá. Había sido un trabajo duro y los dos estábamos exhaustos. Recuerdo que en aquel momento además de pensar que ya no pariría más (algo que por supuesto no lo pienso hoy), pensé que la "cosa" no había hecho más que empezar, ya estaba ahí, pero ahora debía de empezar mi papel de mamá. Me asustaba mi desconocimiento, ¿sabría como darle de mamar? ¿qué querría cuando llorase? ¿cuándo cambiarle el pañal?...Llegó mi zumo y pasaron a despedirse y darnos un besito. Pedro le quitó a Pablo el pijamita, dejándole solo el pañal y el body, es algo que le agradecí ya que así pudimos sentir nuestros cuerpos, su piel...¡Dios, que piel!...me quité la parte superior del pijama para que Pablo pudiese sentir y tener a su disposición el pecho. Ya estaba dormido, dormido entre mis brazos....

Pedro se quedó a dormir en una habitación, dormir en teoría, ya que a las siete de la mañana tenía que estar en su casa para quedarse con sus hijos, ya que su mujer, Ana, trabajaba. Juanjo tras "cenar algo" salió para Madrid, luego me enteré que el pobre trabajaba a las 8 de la mañana, después de la nochecita, nada más llegar debía trabajar. Mi madre tras recoger como una hormiguita se fue para su casa, supongo que cansadísima, todavía con temblor de rodillas, pero como una nueva y orgullosa abuela. Antonio se metió al ratito con nosotros en la cama, ya estábamos los tres, disfrutando de nuestras pieles, compartiendo nuestro calor, disfrutando de la alegría y satisfacción de ser papas, aunque cansados, muy cansados.

Antonio creo que consiguió dormir un poco, yo creo que dormité pero no conseguí dormir del todo, no me moví durante ese rato por miedo de despertar a Pablo, así que además de tener el brazo dormido, me sentía a la expectativa de cómo estaba el pequeñajo, aunque de alguna manera conseguí descansar.

 

A las seis y media aproximadamente entró Pedro en la habitación para ver como estábamos y para despedirse, tras ver que estábamos bien me dijo que debía orinar y que más tarde volvería.

A las diez o las once volvió la actividad a la casa, mi padre tras conocer a u nieto se puso a recoger los tratos de la habitación, mi madre a fregar, lavar etc. Al poco rato llegó Pedro con sus hijos, me levanté de la cama, me sentía cansada y andaba doblada pero me sentía capaz de caminar y salir de la habitación.

Pablo siguió durmiendo tras dejarlo en su canasto y yo me fui al salón a desayunar, tenía mucha hambre. A mi preocupación de cuando Pablo sentiría hambre, Pedro me explicó, muy acertadamente, que normalmente las primeras 24-48 horas no necesitan leche propiamente dicha, que es cuando a mí me daría "la subida", y así fue. Pablo aprendió pronto a buscar el pezón, primero husmeaba y luego se enganchaba y empezaba a succionar. Comenzaba otra nueva experiencia : la de amamantar. Resultó ser de lo más fácil y placentero, nos adaptamos pronto tanto Pablo como yo, habíamos establecido otro nuevo y apasionante canal de comunicación.

Y así acaba el relato de lo que sin duda, ha sido la mejor experiencia de mi vida, la más apasionante, la más feliz y la más deseada. Quiero agradecérselo a las personas sin las que sin duda, no hubiese sido posible esta preciosa experiencia: a Antonio, por su apoyo, por su sabiduría, por su amor, por su paciencia y por ser mi compañero (te quiero);a Magüi por su compañía, por su dulzura, por sus ánimos y por su "saber estar";a mi madre, por su silencio, por su serenidad, por sus enseñanzas, por su incansable compañía, por sus consejos y porque la quiero; a Juanjo por su conocimiento, por su paz, por su esfuerzo, por su ayuda y por haber aceptado compartirlo con nosotros; y muy especialmente a Pedro, MI COMADRÓN, por haber aceptado, por haberme entendido, por haberme querido, por haberme enseñado, por haberlo hecho extraordinariamente bien, por su esfuerzo, por su paciencia, por su saber estar y por ser un comadrón con "las manos quietas y el culo gordo". A todos y por todo: GRACIAS.

Y por supuesto gracias a mi pequeño Pablo, el principal protagonista de la historia, gracias por haberme elegido como tu mamá, por haber compartido esta experiencia tan maravillosa conmigo, por ser precioso, por ser sereno, por ser MI HIJO.

...Y la historia realmente no hizo más que empezar. Hoy Pablo tiene ocho meses, es un bebé sano y precioso, me llena, me llena como mujer, me llena como madre. Pero intuyo que realmente es un Tatanka, un pequeño guerrero que va a dar "mucha guerra". Me siento fuerte, me siento feliz, capaz y con muchas ganas de vivir y empaparme de cada una de sus etapas de desarrollo y crecimiento. Pero bueno esta es otra historia que quizá algún día también reflejaré sobre papel.....

 

Ana Pérez Romero. Chinchilla a 18 de septiembre de 2002

Testimonio de Pedro (comadrón)

 

 



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