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Rencontrar nuestra mujer salvaje
Rencontrar nuestra mujer salvaje
Autor: María López De Vargas-Machuca
Area: Parto Natural » Historias de partos

Desde esta primera impresión del expulsivo hasta abrazar a Erik con mi piel externa tan sólo transcurrieron 20 minutos; escasos minutos que aún hoy los recuerdo eternos, distendidos, como si en aquel preciso momento el tiempo y el mundo se hubieran parado para ofrecernos en exclusiva esos instantes tan profundos y vitales para la Vida.

Reencontrar nuestra mujer salvaje

Erik nació un lluvioso día de invierno.

Nueve meses antes, el 10 de Mayo de 1996, tras tres años de relación, hice el amor con el que sería el padre genético de mi primer hijo. No es que fuera de esas veces en las que sientes la entrega total de tu compañero o el amor más profundo y elevado del Universo, sin embargo, un mes más tarde, y tras la primera confusión que supone el traer a una persona a este mundo en las circunstancias en las que en ese momento me encontraba (tenía 19 años, estaba terminando mi primer año de estudios universitarios en la Facultad de Psicología, vivía en casa de mi madre con la que en aquella época no mantenía muy buena relación, no tenía trabajo alguno . . .), decidí dedicarme a este ser que me confiaba su venida al mundo.

La relación con aquella pareja duró hasta el séptimo mes de embarazo, fecha en la cual decidí por fin dejar atrás todo aquello que no fuera óptimo para mi bebé y para mí, y esa relación no lo era. Siete meses me costó darme cuenta de verdad que aquello jamás funcionaría, ya que, aparte de nuestros problemas de pareja que arrastrábamos durante meses, por mi parte ya había surgido un cambio real en la vida (conciencia, deseo, entrega, aceptación de responsabilidades . . . ), mientras que por la otra parte no existía disposición alguna a aceptar la asunción de paternidad, con todo lo que ello conlleva.

Los dos últimos meses me sirvieron para concienciarme y centrarme todavía más en mi bebé, teniendo para ello el fabuloso apoyo de mi madre físico, económico y psicológico-emocional, tanto en casa como en los "Cursos de Educación Maternal-Paternal: Preparación al Parto Consciente y Gozoso" que imparte en el Centre Médic Naturista.

Así que, antes de que amaneciera el fabuloso Jueves del 23 de Enero de 1997, empecé a notar ciertas "contraccioncillas", nada molestas para mí, que me avisaron que pronto estrecharía entre mis brazos al bebé más bonito y maravilloso que jamás hubiera visto.
Esa misma mañana acudí junto con mi madre al curso que imparte de Puerperio y Crianza, ya que l@s mamás-papás que allí acudían eran l@s mism@s que venían anteriormente a la preparación al parto y ya habían tenido la oportunidad de gozar del nacimiento en casa de sus hij@s. Yo me encontraba ansiosa por saber cómo les había ido el parto, qué habían sentido, qué significaba para ell@s ese "supuesto" dolor, quería ver a sus bebés e imaginar cómo sería el mío . . . estaba deseosa de ese momento tan esperado, de gozar con mi parto- su primer nacimiento, de llenar su fina piel de miles de besos, de contactar con su infinita mirada, de poder cuidarle y educarle como tanto había soñado y por lo que tanto había leído, creído, sentido . . . y ese momento tan deseado estaba a punto de llegar.

Sobre las 16 h. de ese mismo día, al llegar a casa e ir al servicio, el tapón mucoso cayó. Yo me encontraba a la expectativa, con ganas de sentir toda esa enérgica fuerza que tanto había leído, escuchado y que tanto había esperado durante los nueve increíbles meses de embarazo, e incluso antes.

Sin embargo, toda esa magnitud aún tardaría horas en llegar y mis "contraccioncillas" eran todavía tenues y muy, muy suaves. Esa tarde la pasé acostada en la camita, en un ambiente de calma y a la espera de cambios en mi cuerpo.

Durante la noche siguiente todo seguía en calma, hasta que, recién llegada la mañana, y mientras observaba el precioso amanecer de un nuevo día entre dulces cánticos de pájaros y el olor del rocío invernal, empecé a notar que las contracciones ascendían en intensidad y, pasado el rato, mi madre, que en estos momentos ejercía totalmente y de forma excepcional su función de comare, me propuso meterme en la bañera. Allí volví a sentir la suavidad de las contracciones, que venían a mí como un oleaje de finas olas en el vaivén de un intenso y fogoso mar que existía en mi interior y por el cual mi pequeño estaba nadando de la forma más dulce y sensualmente posible.

Esos momentos los recuerdo como inmersa en una nube de delicadeza, ensueño y erotismo que invadía todo mi ser y se expandía hacia el Kosmos. Era un estado de consciencia diferente; como estar más allá de este planeta, como sentirse conectada al Universo y gozar de su total plenitud. En este estado, notaba cómo las contracciones, una a una, se acercaban a mí, me sumergían en sí mismas e instintivamente dejaba que se expandieran con un largo, profundo y enriquecedor " aaaaaaaaahhhhhhhhh . . .".

Sobre las 17 h. decidí salir de la bañera para recostarme en la cama, sin embargo, volví a notar la frialdad y sequedad de esa misma mañana. Así que tanto la comare (Amparo, mi madre) como el médico (Curro, mi tío), se dispusieron a ofrecerme unos agradables y apaciguadores masajes en la zona lumbar, que era donde más notaba la sequedad de las contracciones. Más tarde decidí pasear como subida en una nube por toda la habitación, colocándome mientras tanto en posiciones adecuadas para que el bebé encajara su preciosa cabecita en mi estructura ósea: en cuclillas, dejándome caer de la posición de pie hasta pegar el culete al suelo, con la ayuda de la comare o el médico cogiéndome de las axilas al comienzo de cada contracción, para así aprovechar la fuerza de la gravedad; apoyando mi enorme barrigota en un montón de almohadones mientras abría bien mis piernas, vagina y cabeza (todo mi ser se abría ante este nuevo evento) y miles de posiciones más, aprendidas por mi parte en el transcurso de la Educación Maternal-Paternal (rememoradas en ese momento por mis acompañantes) o bien posiciones que surgían de mi interior instintivamente, y que me ayudaron de forma eficaz y gustosa durante el trabajo de parto.

Sin embargo, aún sentía la rigidez de las contracciones, que me mantenían algo más dispersa y bloqueada en el dolor en vez de en el gozo, y decidí adentrarme de nuevo en las profundidades de mi inmenso océano interior sumergiéndome otra vez en la bañera.

Una vez en ella, notaba cómo la influencia de mis hormonas ascendía hasta el punto de bromear junto con mi madre acerca de si este "pequeño ratón" (animal que identificaba con Erik por el año chino) no veía bien la luz de la puerta del final de su largo trayecto, ya que aclimatábamos el evento con unas dulces, tenues e inspiradoras velas que nos envolvían en un cálido y apaciguador aura, fuente de inspiración para todo tipo de comentarios risueños y carcajadas entre ambas. Recuerdo también en este ambiente mostrar un amor infinito y muy, muy profundo hacia el bebé que proseguía su viaje a través de mis paredes vaginales, mientras yo seguía con mis cánticos: ("uuuuuuuuuuuuoooooooooooooommmmmmaaaaaaaaaahhhhhhhheeeeeeeeeeeehhhhhhhiiiiiiiiiiiiihhhhhhhhhhhh") y transmitiéndole frases de cariño, ternura y entrega.

Tras este período de apertura instintiva de todo mi ser y, sobre todo, de mis entrañas, empecé a sentir cómo el cansancio se apoderaba de mí. Rozaba las 28 horas desde la caída del tapón mucoso y mi mente, aún estando inmersa en el evento, se preguntaba el porqué de esta tardanza del expulsivo.

Me encontraba en esa Etapa de Transición que suele anticipar al Expulsivo y en la cual se vislumbra unos instantes de crisis en donde sientes la necesidad de cambiar los movimientos y posiciones hasta ahora tomados, e incluso sientes un cambio en el deseo . . .
Repentinamente, de un minuto para otro, se extinguió mi deseo de permanecer en la bañera, aumentando la necesidad de situarme verticalmente, andar, tener total libertad de movimientos... Las contracciones habían ascendido en su furor y cada vez deseaba con más fuerza el nacimiento de mi hijo para poder abrazarle en la cama, amamantándole, tranquilamente, con serenidad y con todo el amor del mundo.

Así que me situé en la cama, que se encontraba en el suelo, de cuclillas, con mi tío frente a mí y mi madre en la parte posterior, cogiéndome de las axilas y manteniéndome en equilibrio. A la vista de que no sobrevenían nuevos acontecimientos y al observar cómo el cansancio se apoderaba ya de mí, pasadas unas cuantas contracciones, mis acompañantes tomaron una gran decisión: iban a pinzar la bolsita que contenía a Erik, ya que ésta hacía como de almohadilla en su cabecita y, por más que ambos hiciéramos por empujar y abandonarnos al evento, no conseguíamos proseguir nuestro fascinante viaje. Así que mi tío empezó a explorarme y, cuando vino la siguiente contracción, casi sin darme cuenta y con una maestría increíble, pinzó la placenta sin causarnos daño alguno, produciéndose de esta manera la rotura de membranas. Fue repentino, como una explosión de agua que inunda todos sus alrededores (incluido a Curro, de pies a cabeza) con el líquido amniótico en el que mi hijo había estado inmerso como buen anfibio durante nueve largos e intensos meses.

Tras esta inclusión externa tan beneficiosa, noté con extraordinaria contundencia cómo Erik encajaba perfectamente en mi estructura ósea, ofreciéndome esta nueva situación una increíble fuerza que se extendía como ondas progresivas que abarcaban desde lo más profundo de mi ser hasta el infinito. Desde esta primera impresión del expulsivo hasta abrazar a Erik con mi piel externa tan sólo transcurrieron 20 minutos; escasos minutos que aún hoy los recuerdo eternos, distendidos, como si en aquel preciso momento el tiempo y el mundo se hubieran parado para ofrecernos en exclusiva esos instantes tan profundos y vitales para la Vida.

Sentí rasgar los límites del espacio, del tiempo, del cosmos, del más allá. Notaba como si nos encontráramos en el límite de ésta y otras miles realidades aún sin descubrir en estados de conciencia cotidiana; realmente me sentía en un estado de conciencia acrecentada. Y lo magnífico era que todo sucedía en mi interior, en nuestro interior, compartiendo este largo canal juntos, unidos desde lo más profundo, solos ante un dolor-placer que jamás había ni tan siquiera vislumbrado. En la inmensidad de este momento notaba que éramos lo más grande que jamás había sucedido. Sentí emerger de mi interior una energía, una fuerza, un poder tal que jamás imaginé poseer. Nunca en mi vida me había enfrentado con tantísima valentía ante ningún hallazgo y en esos instantes descubría una parte vitalmente importante de mí que antes desconocía. Poco a poco, sentía cómo todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, se abría de forma extenuante; era una apertura total, desde lo más recóndito de mi corazón hasta la capa más externa de mi piel, y me encontraba alucinada, sobre todo, por cómo mi vulva y mi ano lograban distendirse de forma tan amplia y extraordinaria. En esos instantes tocaba incesantemente mi vulva y mi culete, notando cómo una gran "bola" recorría mis entrañas, presionándome el recto contundentemente y haciéndose paso entre mis jugosos y distendidos músculos, pudiendo divisar por su parte una tenue luz de velas cada vez más cercana.

Los breves segundos que la Naturaleza me ofrecía para descansar entre las contracciones, me mantenía en cuclillas, cogiéndome del cuello de alguno de mis acompañantes e intentando relajarme lo máximo posible o tocando mi vulva para gratificarme con el tacto de sentir la evolución expansiva que me ofrecía cada una de las contracciones. Sin embargo, al empezar a notar de nuevo el comienzo de la siguiente contracción, me oponía brevemente a su llegada (era como mi primer miedo al dolor) hasta que, cuando ya era inminente, emergía de forma desbordante una fuerza inmensamente enérgica de mi interior que me encauzaba a abandonarme ante mis impulsos, y entonces era mi mujer salvaje (la que todas poseemos) la que dominaba de forma tan fiera y cuidadosa a la vez la situación mediante los instintos más básicos y primitivos del animal humano. ¡Imagináos qué atónit@s estaban mi madre y mi tío al observar esa energía tan instintiva que brotaba por cada uno de mis poros!. Yo me movía necesitando todo el espacio del mundo, de arriba abajo, de un lado al otro, cogiéndome de un@, luego del otr@, más tarde de la pared, gritando desde lo más profundo con todo el oxígeno que cabía en mi cuerpo . . . y ell@s allí, a mi lado, de cuclillas, mirándome fijamente, atentos a mis movimientos, a mis necesidades, observando mis acciones para adivinar cuáles eran mis deseos a cada instante . . . sencillamente ante mí por si surgía cualquier problema o necesidad, pero sin intervenir en absoluto en mis movimientos o deseos.

A los quince minutos, tras esta avalancha de contracciones, me palpé, notando la cabeza de mi bebé rasgando los límites de mi vulva y, mientras intentaba recobrar fuerzas en las décimas de segundo que la Naturaleza me ofrecía, de pie, apoyada con mis brazos sobre la pared y con mis dos acompañantes totalmente pendientes de mis movimientos, sentí la enorme fuerza que nos ayudaría a Erik y a mí abrirnos camino (a extender mi periné), sacando su preciosa cabecita pelona y rosada a la que yo tocaba todavía alucinada de que aquel ser estuviese saliendo de dentro de mí. Él nos deleitó con algunos ruiditos propios de un mamífero, e inmediatamente pedí a mi madre que se colocara detrás de mí a modo de apoyo y recogimiento y, teniendo a mi lado a mi hermana Karima, a mi hermano Jerom, a Javi (el compañero de mi madre) y a su hija Ainara, ya emergía desde mi interior la siguiente y definitiva contracción. Al principio me sentí un poco miedosa, ya que en la anterior había notado la apertura de los diez centímetros de diámetro de la cabeza de Erik, pero en cuanto la contracción se apoderó de mí decidí sumergirme en ella y abrirle plenamente las puertas a mi bebé, que salió disparado entre cristalinas aguas. Inmediatamente mi tío me lo ofreció, colocándomelo en el pecho, y pudimos por fin disfrutar rozando nuestras pieles, oliéndonos, mirándonos, saboreándonos, escuchándonos, con todos nuestros sentidos abiertos el un@ al otr@, con una dulzura exquisita, una ternura y una calidez increíbles, un deseo y una entrega tan puros y reales. . . el Amor más profundo . . .

A mi lado, mi hermana lloraba de la emoción, mi hermano y Ainara se quedaron sin habla y Javi se quedó magnificado por un evento semejante. Y mis dos acompañantes sonreían, con una sonrisa de oreja a oreja, satisfechos de haber colaborado de nuevo por y para la Vida. Gracias a ambos por "estar ahí", por ofrecerme todo vuestro cariño y el apoyo que necesitaba en mi experiencia más mágica.

Desde aquí me gustaría hacer un llamamiento como mujer que ha tenido la oportunidad de gozar esta experiencia y, basándome en ella, aconsejo : mujeres, ofreceos la posibilidad de vivir la experiencia más placentera, gozosa y existencial de vuestras vidas, pudiendo con ella reencontrar la mujer salvaje que tantas hemos olvidado. Y, hombres, sacad la valentía más profunda posible para acompañar a vuestra pareja en este fenómeno tan enriquecedor para amb@s.

María López De Vargas-Machuca

 



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