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Testimonio del Parto y Nacimiento de una obstetra del siglo XXI
Testimonio del Parto y Nacimiento de una obstetra del siglo XXI
Autor: Dra. Claudia Alonso
Areas: Parto Natural » Historias de partos
Parto Natural » Historias de partos II

Acababa de nacer mi primer hijo. Se llama Juan, sólo Juan "El que posee la gracia de Dios", según el diccionario de nombre. ¿Para qué más nombres?

Acababa de nacer quien sería mi maestro justiciero. El está sobre mi pecho. Está furioso, encolerizado, caliente y húmero, lleno de unto y sangre, gritado como un guerrero medieval en plena batalla.

Hace apenas cinco años que acababa de nacer mi hijo Juan, y con su nacimiento comenzó el mío…

Hace ocho años yo era una médica recién recibida con una tibia visión crítica del ejercicio de la medicina tradicional. Como me interesaba desenvolverme en lo que se llama atención primaria de la salud y me interesaban los temas relacionados con la femineidad y sus crisis vitales (adolescencia, embarazo, climaterio) decidí especializarme en ginecología y obstetricia. Concursé para una residencia y logré entrar a un hospital público, donde al cabo de cuatro años de guardias y jornadas interminables me darían el título de especialista. En la residencia regía un régimen absolutamente autoritario, yo diría militar. "El residente superior manda al inferior", "el inferior obedece y no cuestiona, sólo debe hacer lo que le manda el superior".

Durante la residencia pretendieron enseñarme que una mujer para parir necesita ser acostada e inmovilizada. La presencia de la pareja o cualquier otro acompañante constituye siempre un estorbo para el normal desempeño de los que asisten el parto y por lo tanto, es mejor evitarla.

La episiotomía debe hacerse a todas las mujeres en su primer parto.

La única voz que se ha de escuchar en la sala de partos es la del que está "dirigiendo" el parto.

Cuando nace el bebé debe ser entregado inmediatamente al neonatólogo. "Es del neonatólogo".

Mi primer año como médica residente me sumió en la frustración de pensar en que no iba a poder completarla, perdiendo la posibilidad de ser la médica que yo quería ser. Pero tampoco podía ser la médica que esperaban que yo fuera.

El tiempo fue aclarando algunas cuestiones y yo fui aprendiendo de quien aprender y qué aprender. Aprendí de algunas parteras, de algunos médicos y, fundamentalmente, aprendí de las mujeres. Cuando me faltaba un año para terminar la residencia tuve la oportunidad de aprender de mí misma.

Al nacer mi primer hijo supe del dolor de las contracciones, supe de la analgesia peridural como único remedio para aquietar mis emociones, mi dolor, mi necesidad de librarme del monitor fetal y de moverme. No obstante, pude percibir las ganas de pujar, junto con la tijera que abrió mi vagina. Sentí cuando mi bebé salí de mí, y con sus gritos y su bronca me hizo comprender que ambos hubiésemos merecido un lugar mejor para ese encuentro. Permanecimos juntos unos 20 minutos y fuimos separados por una larga hora "por el bien del bebé" y yo tuve que tragarme la tristeza y la vergüenza de no poder decidir que no nos separasen. Si algo había aprendido en la residencia hasta ese entonces era a sentir miedo "por las dudas".

Cuando retomé el trabajo luego de la licencia por maternidad yo no era la misma. Mis compañeros me decían que el parto y el amamantamiento habían alterado mi cerebro. Y en parte tenían razón.

La residencia concluyó y yo comencé a dar mis primeros pasos por un camino difícil: el de las mujeres que desean trabajar y a la vez ser madres y no descuidar al marido. Mientras me encontraba en ese recorrido quedé embarazada de mi hija Helena. Esta vez sería todo diferente.

¡Que no puje, voy para allá! Le dijo mi partera a Sebastián, mi pareja, en la última conversación telefónica que tuvieron, mientras mi hija y yo hacíamos nuestro trabajo de parto-nacimiento en la bañera de casa. Nada ni nadie me movería de allí. Estaba todo pensado: obstetra, partera y neonatólogo. Todos en casa para la fiesta del nacimiento … Sólo que esta vez la invitada principal llegó antes que el resto, para ser recibida por su propio padre.

"Está bien, no voy a pujar, sólo tengo que esperar 15 minutos a que Raquel llegue". Pero en la siguiente contracción una fuerza poderosísima me invadió. Primero llegó a mis piernas y me puse de pié, luego abrazó mi abdomen y, sin quererlo me puse a pujar. Mi cuerpo hacía lo que quería, y yo no podía hacer nada para impedirlo. Sentí mucho miedo por no poder controlarme. "Tengo que esperar a que llegue Raquel, sólo 10 minutos más", pensaba. Pero no había caso. Mi hija y mi cuerpo estaban aliados contra el reloj y contra mi indecisión. Los esfuerzos de mi razón no tenían ya sentido: había llegado la hora de parir y nacer. Me entregué a Dios y a los cuidados de Sebastián. De pié y con las manos apoyadas contra la pared le pedí a Sebastián que sostuviera a la bebé con una toalla mientras salía. Tuve la compañía perfecta.

Cada segundo que viví de ese momento justificó toda nuestra existencia pasada. Sentí formar parte de un plan superior. Sentí que había sido elegida, al igual que cada uno de nosotros. Me sentí hermanada y ahijada con la Naturaleza, testigo y protagonista de la Creación. Me sentí muy amada. Los ojos de mi hija profundizaron en los míos en cuanto Sebastián me la entregó. Yo les puedo decir que en ese momento yo comprendí todo. No puedo describir ahora qué fue lo que comprendí, simplemente porque ya lo olvidé. Pero sí recuerdo que en un momento de mi vida yo pude comprender todo.

Gracias a Dios y a todos los que no pudieron llegar a tiempo para que así sucediera.

Dra. Claudia Alonso
Asesora Médica de la Asociación Argentina "Dando a Luz".

Nota: La autora no desea que este relato se interprete como una recomendación a parir sin asistencia.



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