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Cecilia. Nacimiento de Eva.
Cecilia. Nacimiento de Eva.
Autor: Cecilia
Area: Parto Natural » Historias de partos II

Me gustaría contar cómo fue mi parto en un hospital público. Fue en noviembre de 2001. Tuve un embarazo "perfecto", sin naúseas ni molestias, sin tensión alta ni azúcar en la sangre, todas las pruebas perfectas, y mi niña estaba perfecta y tenía medidas normales.

Mi fecha probable de parto, calculada por mi última menstruación, era el 17 de octubre. Esta fecha llegó y pasó sin que yo hubiera tenido ni una sola contracción, salvo una vez un agudo dolor de riñones por la tarde. El tocólogo que me había visto durante todo el embarazo me derivó al consultorio de tocología del hospital, por ser un embarazo largo. A medida que pasaba la semana 41, me hacían controles cada dos o tres días, en los que me monitorizaban, me exploraban y me hacían una ecografía, o miraban el color de las aguas. Todo estaba bien, había líquido suficiente, la niña estaba en posición cefálica, crecía normalmente, y tanto ella como yo estábamos engordando. Un día en esa consulta el médico durante un tacto tuvo la la feliz idea de "darme un meneíllo" (intentó la separación de membranas) a ver si se aceleraba la cosa...de la camilla al lavabo fui dejando gotitas de sangre. Por suerte para mí, la siguiente exploración me la hicieron dos estudiantes que si bien tardaron un montón, al menos no me hicieron daño. Cada vez que iba me atendía una persona diferente.

Tras "el meneíllo" aquel que me dieron pasé una tarde de perros, con dolores como de regla, pero tampoco me puse de parto.

En la última visita a aquel consultorio, dos días antes de la semana 42, me dijeron que si de viernes no me había puesto de parto, me fuera al hospital, que iban a intentar primero una estimulación y quizá luego la inducción. Yo la verdad tenía tantas ganas de verle la carita a mi niña que me pareció genial.

En aquellas dos noches tuve contracciones en el útero no dolorosas, pero que evidentemente no eran de parto, y el viernes 2 de noviembre me fui con mi marido y mi maletita a ingresar en el hospital. Lo primero que me hicieron fue ponerme un monitor externo para ver qué tal iba la niña. Estaba bastante quieta, así que me movieron la barriga y le aplicaron un chisme que hacía ruido para que se despertara. Una vez conseguido un monitor "aceptable", me rasuraron (qué daño!) y me pusieron un gel de prostaglandinas. Me dijeron que el gel podía funcionar o no, y que si no funcionaba, al día siguiente me romperían la bolsa y me pondrían oxitocina intravenosa para inducirme el parto.

Eran las 12 de la mañana, y pronto comencé a notar sensaciones en la parte baja de la espalda y entre las piernas. No quise comer ya que me encontraba rara y tenía sueño. Recibí visitas que me boicotearon la siesta, y a la hora de la cena me encontraba algo mejor y tenía hambre, así que cené opíparamente y mis familiares se fueron tan tranquilos convencidos de que aquellas maneras no era propias de una mujer que fuera a parir aquella noche. Pero a las 10 de la noche empecé a notar contracciones poco rítmicas pero bastante seguidas, una flojita, una fuerte, allí a solas con mi marido empezamos a cronometrarlas y cada vez se iban haciendo más fuertes. Llegó un momento en que eran cada 5 minutos, y empezaban a asustarme porque intuía que aquello no había hecho más que empezar y yo no tenía ninguna gana de hacer aquello que me habían recomendado la matrona en caso de estar en tu casa con las primeras contracciones de parto (dejar comida hecha, hacer la maletita, etc.). Me dolían bastante, cada contracción era como un dolor de riñones, y tenía un dolorcillo permanente entre las piernas.

Mi marido salió a fumar un cigarrillo, y de vuelta a la habitación me dijo dos cosas, que le habían dicho las enfermeras que enseguida tendría que irse, y que había visto a una chica en el pasillo paseando y dándose cabezazos contra la pared, así que aún debía de faltarme mucho...Al poco rato, casi las 12 de la noche, vino una enfermera a decirle a mi marido que aunque no tuviera compañera de habitación, no podía permanecer más tiempo en ella, que podía irse a casa y ellas le avisarían si me llevaban a dilatación, o quedarse en el pasillo. Así que para tomar una decisión sobre al asunto, me fui a ver a la matrona, que me hizo un tacto y dijo que estaba requete-verde, y que lo mismo me tiraba así toda la noche. Mi marido se fue, y yo me quedé llorando porque no sabía qué hacer, allí sola con dolores cada 5 minutos. Las enfermeras me dijeron que tenía demasiada buena cara como para estar de parto "de verdad". Menos mal que a la 1 de la madrugada ingresaron a una chica en mi habitación. Estaba embarazada de su tercer hijo, y le faltaba un mes para dar a luz pero la habían ingresado para vigilarle la tensión, que la tenía por las nubes. Me ayudó en todo lo que pudo, me contó sus partos, me animaba a respirar con las contracciones, a pasear, a contarnos chistes de hospitales.

Cuando había pasado una hora, yo veía que aquello había avanzado, al menos en intensidad de dolor. Pensé en ir a ver a la matrona otra vez, al menos para que me dijera que seguía verde, la verdad es que yo no me podía ni sentar, como para intentar dormir!. Cuál es mi sorpresa cuando la matrona me dice que va la cosa muy bien, que ya tengo 3 cm y que me va a romper la bolsa. A mí me pareció bien, pensé que una mayor rapidez en el asunto no me vendría mal.....cuál sería mi sorpresa al bajarme de la camilla y empezar a tener unas contracciones muchísimo más dolorosas. Avisé en el mostrador de las enfermeras para que llamaran a mi marido. Me fui para la habitación y mi buena compañera seguía despierta para preguntarme qué tal. Me dijo que con la bolsa rota la cosa iba rápida, pero que cuanto más rápida más dolorosa....vino una enfermera a ponerme un enema. Me dijo que esperara 10 minutos o más para ir al baño...si al ponerme de pie ya quería ir!!!. Con la ayuda de mi nueva amiga conté los minutos, y cuando habían pasado 7 no me aguanté más y fui al baño, justo antes de terminar de sentarme en la taza se me escapó y salpiqué taza, azulejos, etc. Me dio tanta vergüenza que cuando por fin acabé me puse a limpiarlo. Y como me notaba bastante sucia y maloliente, me di una ducha. Ay, qué gusto el meterme debajo del agua caliente!!!.

Creo que se me pararon las contracciones, o si no se me pararon, yo no las sentía. Salí después de un rato y mi buena amiga se había dormido....pobrecita, venía de trabajar....así que avisé al celador y me puse el camisón abierto por detrás y me metí en la cama...para cuando encontramos a mi marido, en el pasillo, las contracciones habían vuelto más dolorosas que antes y me hacían retorcerme en la cama, empecé a tener miedo porque aquello era insoportable y sabía que me faltaba más de la mitad de la dilatación. Acepté la epidural, pero ponerla con aquellas contracciones fue una odisea, eran muy seguidas y además vino un celador fuertote a sujetarme los hombros para que no me moviera. Yo enterré la cara en su bata y me sujeté a su cintura buscando fuerza para dominar el dolor y el miedo. El hombre hacía bromas sobre su condición de casado, y el anestesista, la tocóloga residente, la matrona y la auxiliar (toda esa gente estaba allí mirando pero mi marido no podía estar) le envidiaban el amor que parecían profesarle las pacientes de aquella parte del hospital. El pinchazo casi fue un alivio, pensar que aquella vergüenza había acabado. La siguiente contracción la noté menos, y la siguiente aún menos, y cuando entró mi marido en la sala estaba sonriente y tranquila. No notaba ningún dolor. Tenía puesto un gotero con lo que creo que era suero glucosado, un brazalete de tela que se inflaba muchísimo cada dos minutos para tomarme la tensión, el catéter para la epidural en la espalda, un monitor para las contracciones y un electrodo en la cabecita del bebé. Oía sus latidos a toda máquina. Me relajé pensando en lo poco que faltaba para ver a mi niñita, eran las 4 de la mañana. A las 6 había completado la dilatación, pero la niña estaba muy alta, así que bajaron la dosis de anestesia a ver si así me daban ganas de empujar. Empecé a notar las contracciones, llamé a la enfermera y me quejé, entonces bajó más la dosis. Volvió el nerviosismo y el miedo, temía que volvieran contracciones como las del paseo en camilla y yo allí atada a la cama con todo aquel montaje.

Vino la tocóloga y me dijo que si sabía cómo empujar, le dije que había dado clases de parto y entonces me mandó empujar y detuvo el goteo de anestesia. Me cogí las piernas, que ya notaba perfectamente, y empujé y empujé intentando que coincidiera con cada contracción. Estuve dos horas empujando acostada en una camilla, oyendo cómo los latidos del bebé disminuían su ritmo en cada empujón, incluso a veces el aparato empezaba a emitir el típico pitido que en las películas nos indica que acaba de morir el paciente...Comencé a estar cabreada, aquel pitido, al que el personal no hacía caso a pesar de nuestras llamadas, aquel chisme de la tensión que me apretaba el brazo cada dos minutos hasta que me lo quité haciendo caso omiso de mi marido, mi orina y unas escasas heces que me resbalaban hasta la sábana, todas las personas que habían pululado por allí antes parecían haberse ido de vacaciones, y aquel dolor continuo en la barriga, en la espalda, entre las piernas....A las 8 cambió el turno. Entró un tocólogo nuevo que me exploró vaginalmente y me ayudó a empujar. Con sus manos en mi barriga o en mi perineo, dirigía la maniobra, hasta que la niña se colocó en su sitio, y me pasaron al paritorio. No dejaron entrar a mi marido. Al subirme al potro noté que la niña se volvía a subir...pensé que no pariría nunca y empecé a llorar desconsoladamente. Me dijeron que empujara cuando notara la contracción, pero yo ya no notaba nada. Me dolía todo durante todo el tiempo, trataba de tocarme la barriga para adivinar cuándo tenía contracción pero no lo conseguía. La estudiante del turno anterior empezó a tratar de estirar la abertura de mi vagina con dos dedos, me hacía daño. Me pincharon con un aguja, no sé si para poner anestesia local o para probar la sensibilidad. Pegué un salto en la camilla porque que no me avisaron. Fuera lo que fuera, no le hicieron mucho caso, porque inmediatamente después me cortaron el perineo, pegué un grito tremendo y creo que ahí me perdieron el poco respeto que podían tenerme. Me dijeron que no gritara, que el parto es dolor. El médico pidió a voces unas espátulas, y otra voz le contestó que estaban sucias, que si las lavaban...contestó que no, que cogieran otras, pero no quedaban. Pidió fórceps, los introdujo en mi vagina y yo pensé que era imposible que cupiera allí todo lo que me estaban metiendo....aquel aparato...manos por todas partes...parece que no hicieron presa, hubo varios intentos, al final usaron la ventosa...cuando agarró la cabeza de mi bebé el médico empezó a tirar como un animal, me decía que empujara y yo cada vez que me incorporaba a empujar veía a aquel hombre sudar mientras tiraba de una manilla haciendo peso con su cuerpo....noté que algo inmenso estaba entre mis piernas, parecía que me iba a partir en dos pero de repente me di cuenta que aquello debía de ser mi niña. Al momento siguiente se me escurrió entre las piernas y me la pusieron encima de la barriga....Dios cómo lloré. Sólo acertaba a decir "Ay Eva ay Eva ay Eva....". Eran las 8 y 20 del día 3.

Se llevaron a la niña y se la enseñaron a mi marido, le dijeron que había sido un parto difícil, que habían usado ventosa y que la niña traía dos vueltas de cordón. La matrona, que estaba a mi lado, intentó quitar mis dedos de las barras del potro, ya que había hecho que mi sangre pasara al interior del gotero que tenía puesto, y no era capaz de relajar los músculos. Mi marido entró lloroso y me besó, en aquel momento pensé que nunca más tendría otro hijo. La matrona me apretó la barriga, haciéndome daño una vez más, salió la placenta dándome la sensación de que era enorme, y la residente me dijo que me iba a coser. Le dije que por favor me diera anestesia para los puntos, que el parto podría ser dolor pero que desde luego dar puntos no tenía porqué doler. Me dijo que lo que me pusiera no me iba a quitar los pinchazos, y así fue, noté cómo me dio los puntos, sobre todo los tres externos. Después me inyectó algo, sería más anestesia. Me sondaron, creo, porque noté una especie de pinchacito y cómo me hacía pis. Me lavaron con agua fría entre las piernas y me pusieron unos paños. Me dijeron que me bajara del potro y me subiera a una cama, me resultó bastante difícil. Me pusieron en la misma sala en la que había estado para la dilatación, y tardé un cuarto de hora en darme cuenta de dónde estaba. Me dijeron que intentara dormir, pero tenía que estar boca arriba con las piernas cruzadas, con los brazos a los lados del cuerpo y sin almohada, así que me resultó imposible. Entró mi marido, me dijo que había visto a la niña otra vez, que era muy guapa y que le parecía muy grande, había pesado 3.300 gr y medido 51 cm. Me dijo que tenía los ojos abiertos y que le había mirado. Se fue a casa a dormir un ratito porque no le dejaban estar allí conmigo. A la media hora vino la matrona a traerme la niña y me la puse al pecho por primera vez. Se agarró a la primera, mamó un ratito de cada pecho, y pensé que era la cosa más bonita que había visto nunca. Se la llevaron al poco tiempo y me quedé allí sola pensado que no sería capaz de volver a pasar por aquello....

Ahora mi niña tiene 18 meses y pienso que el tenerla conmigo no justifica el montón de salvajadas que a mi juicio me hicieron la noche en que nació. No deberían haberme inducido el parto ya que no había ningún peligro ni para mí ni para mi hija. No me evitaron ninguna infección rasurándome. No hubiera sido necesario el gotero si me hubieran dejado beber. Y lo más importante para mí: creo que los fórceps no hubieran sido necesarios si me hubieran dejado estar de pie, adoptando la postura que yo hubiera querido. Si tengo otro hijo no me gustaría que naciera de esta manera.

Dicen que las mujeres no nos contamos la verdad unas a otras con respecto a los partos...¿cómo puedo yo contarle esto a mis amigas?. Sólo se lo he contado tal y como fue, con mis sentimientos reales, a una de ellas que vive fuera de España y ha dado a luz en el agua. Tuvo un parto bastante largo y doloroso, pero no tuvo miedo, tuvo a su alrededor gente que la ayudó y pudo elegir qué quería para ella y su bebé, en todos los sentidos. También me ha dicho que hace muy pocos años que en otros países estaban igual que aquí en España, y que han sido las mujeres las que han conseguido partos dignos en los hospitales, la posibilidad de parir en casa con la seguridad social, piscinas, sillones de partos, y también hay cesáreas, epidural, fórceps, episiotomías, oxitocina y demás, pero sólo para las mujeres que lo necesitan o que directamente lo piden. Hacen durante el embarazo con su matrona un plan de parto en el que dicen sí, no, o tal vez a todos y cada uno de los procedimientos.

Ojalá consigamos esto en España algún día.

Cecilia



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