Mi nombre es Ana María Vega. Soy Licenciada en Comunicación Social de Mendoza, Argentina. Tengo dos hermosos hijos, Francisco Y Agustín.
Estoy casada desde hace 6 años. Durante el embarazo de Francisco, el segundo, me contacté con el tema de la humanización del parto, buscando información sobre la posibilidad de tener un parto normal, luego de una cesárea. Así me contacté con la Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del parto y la gente de Dando a luz, en Argentina. Ahora estoy a pleno, escribiendo notas que saldrán en una revista que edito trimestralmente y que se reparte en clínicas, consultorios, casas de comercios de artículos para bebés, centros de preparación preparto, etcétera. Estoy contenta porque la obra social de los empleados públicos en Mendoza se animó a plantear el debate y organizó unas jornadas sobre parto humanizado que, creo yo, serán el puntapié inicial para empezar a cuestionar y a trabajar sobre el tema. Les cuento mi experiencia con la cesárea y les planteo mis inquietudes. Soy periodista especializada en temas de salud y, cuando decidimos quedar embarazados con mi esposo, nos acercamos a un médico especialista en trastornos de la fertilidad, por las dudas que hubiera algún problema. Un año antes había tenido una infección en las trompas y temía haber quedado con problemas. Afortunadamente no los hubo y quedamos embarazados en el primer intento. Comencé con los controles mensuales, el médico tenía una máquina de ecografías en su consultorio y siempre las hacía. Todo bien, buena comunicación, claro en las explicaciones. Pero al llegar las 36 semanas, me hizo una ecografía y me dijo con tono de preocupación que veía el cordón enroscado en el cuello del bebé. A las 38 semanas, otra vez lo mismo y me dijo que él no quería arriesgarse y menos conmigo, que sería peligroso esperar al parto normal porque el bebé podía ahorcarse y que hacer una cesárea a las apuradas era muy arriesgado. Yo me sentía sumamente mal porque me había preparado mucho para un parto normal (natación, gimnasia, ejercicios de respiración, etc) y soñaba con eso. Recuerdo que esa noche lloré mucho y le pedía a Dios y a mi bebé que se iniciara el trabajo de parto naturalmente, pero a la vez sentía culpa por querer poner a mi hijo en riesgo. Con excusas logré aplazar 2 días la cesárea que el médico estaba tan apurado por hacer. Pero nada pasó. El ll de diciembre a las 9 horas me estaban esperando para la cesárea. Mi fecha probable de parto era el 22 de diciembre. Por lo menos conseguí que mi esposo me pudiera acompañar. El médico mintió a sus colegas para que dejaran que mi esposo estuviera conmigo. No les tengo que explicar lo horrible de la recuperación. Bueno para nada convencida de la necesidad de esa cesárea comencé a investigar sobre el comportamiento de mi médico respecto de los partos normales y me entero (muy tarde) de que no hacía partos normales. La gran mayoría de sus pacientes, por un motivo u otro terminaba en cesáreas. Claro, ahí mandaba él y tenía la seguridad de que nada se complicaría. Una ex secretaria me dijo "Emilio (el médico) le tiene terror a los partos > normales" La bronca y la impotencia me llevó a cambiar de médico con el fin de intentar un parto normal en el segundo embarazo. Hice todos los deberes: esperé tres años, me cuidé en el peso, hice ejercicios nuevamente. Todo bien. El nuevo médico me prometió que me iba a acompañar y me iba a esperar, aunque me aclaró que al no haber tenido ni el más mínimo trabajo de parto en el primer embarazo, era más difícil que se diera un trabajo de parto completo en el segundo. Además me dijo que no se podía hacer goteo por tener una cesárea anterior. Con Francisco tuve la fecha de parto el 30 de mayo. A las 0,10 de ese día empecé con contracciones. A las 6 ya las tenía cada 10 minutos. Fui a la clínica y me dejaron internada aunque sólo tenía 1 centímetro de dilatación. Yo estaba fascinada. Comencé a caminar, subía y bajaba escaleras, hacía ejercicios de sentadillas. Pero las contracciones no eran regulares ni se acortaban los tiempos. A las 9 de la mañana tenía 2 de dilatación. Yo quería seguir esperando. El médico llamaba para ver cómo estaba, pero sin apuro. Finalmente, a las 12 horas sólo tenía 3 de dilatación. Estaba triste y enojada y el médico me dijo que ya no valía la pena seguir esperando ya que las contracciones habían casi desaparecido. Sólo me venían cuando subía y bajaba las escaleras. Tampoco se podía hacer goteo. Conclusión fui nuevamente a cesárea. Qué les puedo decir...cuando pienso en cómo y por qué mi primer embarazo terminó en cesárea me pongo sumamente triste y me da mucho enojo. Nunca más ví a ese médico. Jamás lo volví a entrevistar. Tampoco le planteé todo esto. No sé si vale la pena. Sólo sé que intenté una vez más vivir plenamente un parto y no pude y por lo que me han dicho (quisiera que ustedes me asesoren) en un tercer embarazo ya no lo podría intentar tampoco. Aunque me pregunto por qué si ahora mi útero ya tuvo una dilatación. Obvio que quiero tener uno o dos niños más. Y estaría dispuesta a pasar por otras cesáreas, pero sería maravilloso tener un parto normal. Ana María Vega Mendoza. Argentina
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