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Tu nacimiento
Tu nacimiento
Autor: falta asignar autor
Area: Parto Natural » Historias de partos II

Dije: "Pero yo no quiero epidural. Mi intención es parir en esta habitación con mi compañero." Y su respuesta me tranquilizó, porque sin más preguntas, dijo: "¡ah!, pues vamos a la otra habitación que está más preparada y tiene una cama especial". Y así lo hicimos. A partir de entonces todo el mundo tenía el chip puesto de que yo quería un parto no sólo sin epidural sino "natural", con lo que todas las acciones me fueron consultadas antes.
 


Domingo día 3 de diciembre por la mañana. Los dolores continuaban, pinchazos muy dolorosos sobre el pubis…más adelante pensé que durante estas dos semanas anteriores al parto sufrí más dolor y más desagradable que durante el parto mismo. Le propuse a mi compañero que fuéramos a dar un paseo y estuvimos casi dos horas andando.
 
Después volvimos a casa y nos pasamos la tarde en el sofá. Me puse a coser, pero me notaba agobiada, así que le dije a Alfons que me iba a tumbar un ratito. Cenamos y nos pusimos a ver la tele, pero estaba incómoda y me fui a la cama con algunas revistas. Estuve leyendo y me levanté un montón de veces para ir al lavabo. Hacia las 12 y cuarto noté un par o tres de contracciones, las reconocí enseguida y me di cuenta de que no había tenido ninguna hasta entonces, pero que me las imaginaba bien. Es una molestia parecida a cuando te pegan un pelotazo en el pecho, notas como se te agarrota la espalda y la barriga, pero a mi no me pareció "dolor". En ese momento sentí que empezaba todo y me levanté. Entonces noté que perdía líquido y me fui al lavabo a comprobarlo. En ese momento me sentí alegre y aliviada y le dije a mi compañero que había roto aguas. Él me preguntó qué quería hacer y yo le dije que lo cogiésemos todo con calma y que nos fuéramos hacia la Maternitat.

Entonces llamé a mamá, muy tranquila, y hacia la 1 y cinco salimos de casa. Tenía contracciones bastante seguidas pero estaba bien. La carretera estaba totalmente vacía y pudimos aparcar delante del hospital. Al entrar me sentí bien, no había mucha gente y la mujer de recepción fue cariñosa con nosotros. Yo estaba tan tranquila, pero las contracciones eran cada vez más seguidas.

Nos hizo esperar un par de minutos delante de las salas de urgencias, le pedí a mi compañero que me comprara un agua y contemplé el vestíbulo donde habíamos estado tantas veces…en ese momento me pareció estar soñando, todo era igual pero diferente, familiar pero extraño.

A continuación entramos en un "box" y la enfermera me pidió que me quitara la ropa y me hizo tumbar para colocarme el monitor. Nos quedamos solos viendo el dibujo que hacía tu corazón en el papel. Recuerdo cómo me caía el líquido a chorro y descubrimos que era de color, o sea",aguas sucias". Hice un charco en el suelo…se me ocurrió que estropearía las máquinas con todo ese líquido entre los cables.

Con todo esto no encontraban mi historia y vino la médica a hacerme un tacto. Dijo que estaba dilatada dos centímetros pero que estaba en posición cefálica libre, o sea sin encajar. Supongo que este era el motivo de los dolores en el pubis de las semanas anteriores. La enfermera dijo que tenía contracciones cada 3 minutos o menos y hablamos un poco sobre el montón de gente que tenían cada día, de que con la fusión entre el Clínic y la Maternitat tenían muchísimo trabajo.

Entonces me hizo pasar a la zona de partos. Pasamos a la sala de dilatación 2 y la enfermera le dio los datos a otra diciendo que llevaba una buena dinámica y que me veía bien y tranquila. Estas pequeñas cosas son tan importantes…

La nueva enfermera me dio un camisón y me pidió que me tumbara. Yo le pregunté si era necesario y me dijo que de momento sí para controlar tu ritmo cardíaco por lo de las aguas teñidas. Me pareció razonable y me puse el camisón al revés, con la abertura delante, para ponerte sobre mi piel al salir. Cuando volvió a entrar, la enfermera venía con un hombre, quizás el anestesista, y me dijeron que me tenía que poner bien el camisón para la epidural. En ese momento me asusté. Mi miedo era que, a pesar de llevar todo el embarazo hablando con todo el mundo y diciendo que quería un parto natural de verdad en el hospital, ahora me tocara la lotería con alguien que me negaba la ayuda. Dije: "Pero yo no quiero epidural. Mi intención es parir en esta habitación con mi compañero." Y su respuesta me tranquilizó, porque sin más preguntas, dijo: "¡ah!, pues vamos a la otra habitación que está más preparada y tiene una cama especial". Y así lo hicimos. A partir de entonces todo el mundo tenía el chip puesto de que yo quería un parto no sólo sin epidural sino "natural", con lo que todas las acciones me fueron consultadas antes.

La sala de dilatación 1, además, tenía una ventana que daba al exterior. Me puso el monitor y me quedé en la cama pero no tumbada, sino medio sentada, pasando las contracciones que tenían que ayudarte a salir. Me imagino que con todo esto debían ser las 3. Me pusieron una vía, y nos dejaron tranquilos. Y así estuve unas cuantas horas. De vez en cuando entraba alguien a ver como iba. Una doctora vino un par de veces a controlar tu ritmo cardíaco. Resultó que en ocasiones no era suficientemente variado, se ve que tiene que ser irregular. Mi compañero y yo estábamos bien, hablábamos y le iba contando lo que sentía. Hacia las 6 me pusieron el termómetro y tenía fiebre, me dijeron que creían necesario darme un antibiótico, porque con la fiebre y después de 6 horas de haber roto aguas había riesgo de infección. Lo acepté tranquilamente por el hecho de que me explicaran lo que pasaba, aunque no sé si era realmente necesario. La sensación que tuve entonces es que todos se fiaban de mi pero que me protegían…

Cuando se fueron continuamos con las contracciones, cada vez más seguidas y más largas. Ya me había acostumbrado. No eran dolorosas, pero sí cansadas, agotadoras. Lo que más me dolía era la parte superior de las piernas, la tenía agarrotada aunque me había levantado, me había sentado en una silla, había andado un poco. Durante las contracciones me daba masajes ahí. Alfons también me hizo masaje en los pies y en las manos, pero es curioso porque sólo me apetecían en momentos muy concretos, generalmente prefería no hablar, no mirar, no recibir nada: estar exclusivamente para las contracciones, sólo ellas y yo. Me fue muy bien trabajar a fondo la respiración, porque la controlé desde el principio hasta el fin. En fin, durante todas esas horas me levanté, bebí agua y zumo, intenté escuchar música -aunque llevaba música ideal para parir al final no me apeteció escucharla. Hacia el final de este periodo me dormía entre contracción y contracción, llegaba a un estado de relajación muy completo…cuando volvían me parecía que hacía mucho rato desde la última y me sentía más descansada. La falta de sueño es un problema.

Con todo esto debían ser las 8 y entraron médicas para mirar tu monitor. Tu ritmo volvía a ser monótono y me dijeron que te querían hacer la prueba del PH que sólo podía hacerse en la sala de partos. En ese momento lo acepté bien. La enfermera me ofreció la epidural y yo puse cara de decir "¡de qué hablas!".

Entonces recuerdo que empezaron a entrar instrumental, mesas y material y me di cuenta de que a pesar de lo que había dicho me harían la prueba allí mismo. Esto me encantó, me demostró que estaban trabajando para mí, intentando adaptarse a lo que yo les había pedido.

Me hizo la prueba la primera obstetra que vi durante el embarazo, con la ayuda de mucha gente más: creo que había una comadrona y una enfermera y más gente, que miraba. La prueba fue dolorosa para mí y quizá también para ti. Supe que estaba dilatada unos 6 centímetros. Se trataba de conseguir una gota de sangre tuya para comprobar que recibías suficiente oxígeno. La gracia de esto es que se evitan intervenciones mayores, yo me daba cuenta que las médicas estaban obligadas a hacerla para demostrar que "la del parto natural" no estaba haciendo una "locura". Lo malo es que mi compañero tuvo que salir durante el rato que duró. Hacia el final, Anna, la obstetra, me estaba haciendo un tacto y me vinieron unas ganas inmensas de apretar. ¡Había empezado el expulsivo! Entonces pedí que entrara mi compañero, porque tuve la sensación absoluta de que el parto empezaba entonces de veras.

En este momento perdí la noción del tiempo y el recuerdo que tengo es el de un huracán, un torbellino, una espiral de fuerza y energía inmensa. Algo increíble, extraordinario, doloroso y maravilloso. Toda aquella multitud desapareció y conmigo se quedaron dos comadronas y tu padre. Las comadronas eran "la Cruz", una mujer fuerte con una voz que no olvidare, y Cristina, que era una comadrona interina dulce y amable. Anna vino alguna vez a ver cómo iba y también entraba otra gente de vez en cuando para ver a "la del parto natural", así lo decían. Puedes estar seguro, mi vida, que viniste al mundo con la ayuda de una mujer que se llama Cruz, junto a la de tu padre y la de Cristina.

Ellas dieron por iniciado el expulsivo, me hicieron sentar bien y me ayudaron a pujar sin esfuerzo. En un momento quise ponerme a gatas para descansar la espalda y me puse así sobre la cama, pero no podía apretar. Entonces me puse en cuclillas en el suelo. Me agarré a la barandilla de los pies de la cama y mi compañero me hacía masaje en los riñones. Durante un buen rato nos dejaron solos. La sensación era inexplicable. Cuando notaba que "venía" el impulso tenía una sensación doble: por un lado una especie de pereza de volver a sentir dolor pero a la vez un descanso, un alivio por la necesidad imperiosa de apretar, de abrirme, de dejarte paso, una urgencia explosiva. Nunca en mi vida sentiré nada más intenso: el instinto por definición. Las contracciones las recuerdo irregulares, pero no sé. Yo tengo la sensación de que de vez en cuando venían muy intensas y seguidas y después tenía un pequeño descanso. Cuando volvieron a entrar estaba cansada, el sol entraba claramente por la ventana, entre la persiana. Por cierto, no te he explicado la sensación tan bonita de cuando salió el sol. Eran hacia las 7, al final del primer periodo, y la salida del sol fue el símbolo del inicio del expulsivo. Por la ventana veía unos chopos, entonces sin hojas. El pedazo de cielo que veía se puso rosa y gris y poco a poco se fue aclarando el día, que se quedó tapado y frío, con algún rayo de sol. Un día precioso.

Bien, cuando volvieron volví a la cama y la prepararon: le quitaron la parte inferior y levantaron unas plataformas para poder presionar con los pies y unas arandelas para tirar con las manos. Como me sentía muy cansada Cristina se quedó conmigo para hacerme un poco de relajación. Apagaron las luces y sólo quedó el sol dulce de invierno entrando por la ventana. Me fue hablando dulcemente mientras relajaba cada parte de mi cuerpo. Me fue muy bien y me tomé un zumo.

Cuando Cruz volvió noté que venía un poco en plan ultimátum. Creo que venía a decirme que si no salía pronto tendrían que hacer algo. Pero no lo dijo, sólo dijo que me ayudaría un poco con un tacto entre contracción y contracción, masajeando toda la musculatura. Me dolió mucho, pero ella me miraba diciendo que todo estaba bien.

Entonces hubo un momento en que hice unos pujos bestiales. Hacía tres pujos en cada contracción y no dejaba de apretar entre una y otra. Así te ayudamos a encajarte más y en una de ellas pude tocarte la cabeza!

Tú estabas todo revuelto dentro de mi vientre, lo tenía todo deformado. Entre Cruz y mi compañero hicieron un rodillo sobre mi cuerpo para colocarte mejor y ayudarte a bajar y no sabes lo fuerte que empujaban. Y con esto y unos cuantos pujos más ya te colocaste bien, preparado para salir. Entonces Cruz se lo miró bien y me dijo que lo sentía pero me tendría que cortar un poco, muy poquito. Y ya estabas aquí, yo no podía parar de apretar, era una espiral irresistible, tan intensa y en cierto modo, tan violenta, muy poderosa. Increíble. Notaba como se movían todos los huesos de mi pelvis, como todo se tensaba y se abría: dolía pero era un placer, una liberación, un descanso. Noté perfectamente la máxima dilatación cuando salía tu cabeza calentita y húmeda y enseguida te vi la carita, congestionada y mojada, con los ojos cerraditos e hinchados. Ya tenías toda la cabeza fuera y en segundos te tuve encima de mí. Pregunté qué hora era: las 11:30 del lunes 4 de diciembre del año 2000.

Y estabas sobre mi pecho, lo primero que noté es que estabas calentísimo, te tapé bien y te sequé la cabeza y el cuerpo, te llené de besos. El papá dice que dije: "quina coseta més preciosa" y además recuerdo decirte que tenías la cabecita de pepino. Alfons nos dio besos y nos mirábamos sin palabras. Eras una maravilla. Recuerdo mirarte las manos y ver lo arrugadas que estaban. Y también me sorprendió el cordón, era muy blanco y duro, Cruz esperó a que dejara de latir para ofrecerle a Alfons si lo quería cortar. Estabas sobre mí cuando expulsé la placenta con una última contracción y entonces me empecé a dar cuenta de lo dolorida e hinchada que estaba tras tres horas de expulsivo, aunque la borrachera de fuerza todavía duraba.

Durante los minutos en los que te vistieron, a mí me lavaron y me sondaron para orinar, porque la hinchazón no me dejaba. Enseguida te pusieron sobre mi pecho, vestido de amarillo y chupándote el dedo. Mientras esperábamos que nos subieran a la habitación me bebí otro zumo y vinieron el jefe de obstetricia y creo que la de comadronas para felicitarme y preguntarme cómo me había sentido atendida. Seguramente algunos detalles podrían estar mejor, pero en general yo me sentía encantada y agradecida por el esfuerzo que estaban haciendo por cambiar las cosas, por ofrecer algo tan básico como una buena experiencia del parto. Lo sorprendente era ser el centro de atención por haber tenido un parto natural.

Ya en la habitación, bajo una ventana por la que contemplaba los mismos árboles que te habían visto nacer, continuaste encima de mí, aprendiendo a mamar, estimulando los pezones que pronto te iban a dar amor y alimento.

Gracias por venir, mi vida. Espero que te sintieras bien recibido. Espero ayudarte a crecer y hacerte un ser independiente y preparado para ser feliz. Te quiero.

Marta

 



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