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Mi parto en agua (parto fisiológico en clínica).
Mi parto en agua (parto fisiológico en clínica).
Autor: Coks Feenstra
Area: Parto Natural » Historias de partos medicalizados

Aquí os cuento cómo fue para mí la experiencia de tener a mi bebé en el agua hace 14 años, en una maternidad en Valencia.

No me había propuesto para nada tener a mi tercer bebé en el agua. Me contentaba con haber encontrado -por fin- un grupo de ginecólogos, que abogaron por el parto natural, lo cual ya fue un alivio enorme. Lo que en mi país de origen -Holanda- fue una cosa de lo más normal, aquí resultó ser dificilísimo: dar a luz de forma natural. Mis dos hijos anteriores, de 5 y 3 años, habían nacido en casa y recién instalada en España, me di cuenta lo diferente que era la situación de aquí; me daba horror tener que ir al hospital. Así que, una vez que encontré a estos ginecólogos, me quedé tranquila: podría tener a mi bebé en la cama, tal como había preferido en mis partos anteriores. El ginecólogo me habló sobre la posibilidad del parto en el agua, pero lo descarté como demasiado moderno.

Cuando, un día soleado en otoño, el bebé anunció su incipiente salida, empecé a aguantar los dolores paseando por la terraza de la acogedora maternidad, que daba vista a un paisaje precioso. Las montañas a la lejanía me inspiraban fuerza, confianza y coraje, mientras apoyada en la baradilla, aplicaba los ejercicios de la respiración. Graciela, una asistenta, no cesaba de mi lado. Poco a poco me iba acordando del dolor típico del parto. ¿Cómo se me había podido olvidar? Ahora sólo me quedaba un remedio: aguantarlas y ser fuerte. ¿Te preparo la piscina?’ me preguntó Graciela. La miré sin entenderle. ‘Bueno, linda, la bañera con agua calentita’. Su voz sudamericana ya me soñaba muy familiar, muy querida, ella a la que sólo conocía unas horas. Pero desde el primer momento congeníamos, ella me entendía, lo notaba en la manera en la que me miraba, cada vez que el dolor de la siguiente contracción se avecinaba; no se cansaba de decirme cada vez: ‘Déjala venir’, así animándome a sumergirme en el mar de contracciones.

Y ahora me aconsejaba sentarme en el agua. ‘Sí’, le contesté ante mi propio asombro. La idea de estar en agua relajante me apetecía. A los pocos minutos la bañera estaba preparada. Me metí en ella y ‘ah, qué alivio!’. Me parecía sumergirme en un enorme abrazo materno, que se encargaba de quitarme el peso de mi vientre y hacérmelo la labor del parto lo más agradable posible. Me reconfortaba sentir el agua, su calor, su capacidad para hacerme relajar. Me acomodaba en el escalón, con Fred, mi pareja detrás de mi. Vi de reojo cómo él, algo tímido, también se sentó en ella, vestido sólo en sus calconcillos. Me parecía perfecto y me apoyaba gustosamente en sus brazos durante los intervalos de las contracciones. Y seguían viniendo, una tras otra, más rápido cada vez. Y antes de lo que pensaba, ya sentía esas otras contracciones que delatan la última fase del parto: el expulsivo. ¿Cómo era esa respiración?

De repente no me acuerdo de nada, estoy totalmente desconcertada por el cambio. Fred me susurra indicaciones: ‘empuja hacia abajo y no con tu cabeza’. Veo cómo el ginecólogo, que en frente de mí, fuera de la piscinita observa el proceso del parto sin hacerme notar su presencia, asienta con la cabeza. ¡Fred se acordaba bien! A pesar del dolor, me hace sonreír. Sigo sus instrucciones y noto cómo el bebé va bajando. Por un momento pienso que voy a partir en dos, la presión del bebé es enorme, ¡inhumano! Pero en este mismo momento noto que su cabecita ya está a punto de salir, la presión disminuye y en la siguiente contracción ya sale. Miro asombrada cómo su cabecita está en el agua, esperando tranquilamente hasta que otra contracción le ayude a nacer. Reina un silencio total, nadie habla, todos pendientes del próximo momento. Soy consciente que estoy dando a luz, que voy a tener a otro bebé y me siento totalmente feliz. En la siguiente contracción veo salir su cuerpo y me incorporo para acogerlo. Graciela me lo acerca y suavemente me lo pone sobre mi pecho. En este momento la cabecita del bebé sale por primera vez del agua, mientras el agua aún cubre su cuerpocito. ‘No llora’, digo asustada al ginecólogo.

Mis hijos lloraban nada más nacer. En este mismo instante mi bebé deja oír un suave gemido. ‘Está perfecto’, me tranquiliza él, ‘ no tiene por qué llorar’. Le miro a mi bebé, sus cuerpocito contra mi pecho. ‘Sí, está perfecto’, murmuro para mí misma. ‘Es una niña’, añade el ginecólogo. ¡Una niña!, tal como fue mi deseo hace muchísimos años. Ya no hablamos, sólo miramos atónitos a este nuevo milagro, mientras con nuestras manos movemos el agua para que nuestra hija no tenga frío’.

Mi experiencia fue muy positiva. Ningún momento pensé en salir del agua, ningún momento sentí miedo. Me parecía todo muy natural. Y de algo estoy segura: nacer en el agua es para el bebé la manera más suave de venir al mundo. Si nacer es un trauma, como suponen algunos psicólogos, el agua reduce este trauma. O tendría que decir: ¿lo convierte en placer?

Coks Feenstra

 



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