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Aliment-acción
Aliment-acción
Autor: Montse Arias
Area: Vida Sostenible » Consumo responsable

Hay regulaciones que ilegalizan cualquier medida tomada por los gobiernos nacionales. El Acuerdo de Libre Comercio Norteamericano (NAFTA) otorga al inversor extranjero el derecho de denunciar al gobierno local por cualquier medida susceptible de limitar la rentabilidad de sus inversiones. No importa que alguna de esas medidas pueda hacer referencia a cuestiones de seguridad alimentaria, medioambientales o de derechos ciudadanos.

Hacia esa situación nos conduce el neoliberalismo también en Europa. La Política Agraria Comunitaria (PAC), uno de los pilares de la construcción europea desde el Tratado de Maastricht, está regida por los mismos criterios de rentabilidad económica que los de sus competidores norteamericanos.

La Agenda 2000 está orientada a la mejora de la competitividad mediante el abaratamiento de los precios. Como reza el Manifiesto por un mundo rural vivo de la Plataforma Rural, con la aprobación de la Agenda 2000, de cada 100 ptas. que cada europeo aporta a los presupuestos de la Unión Europea, 50 son dedicadas a subvencionar un modelo agrícola y ganadero que es insostenible (consume más energía que la producida), injusto (concentra grandes sumas de dinero en muy pocas manos), antiecológico (contamina las tierras, las aguas, el aire y los alimentos), antisolidario (antepone la exportación a las necesidades locales) y antirural (reduce la población activa agrícola).

Estas situaciones son posibles porque el control del mercado mundial de la industria agroalimentaria está en manos de algo más de media docena de multinacionales, que cuentan con la sumisión de gran parte de los gobiernos y la complicidad de las instituciones que regulan el libre comercio (OMC, BM, FMI, NAFTA).

A través de sus "colaboradores", funcionan como un estado dentro de cada estado. O dicho de otra manera, funcionan como un cáncer que va extendiéndose y apoderándose de los espacios y organismos de la vida pública y privada.

Con el control del poder en sus manos, los fraudes y los atentados perpetrados contra la seguridad alimentaria, la salud pública, el medio ambiente y los derechos ciudadanos han quedado siempre en la impunidad. Sin embargo, los abusos, sobre todo cuando éstos son contra los seres vivos, acaban mostrándose estrepitosa y virulentamente. Las enfermedades que padecen vacas, cerdos, ovejas y cabras son una muestra de que no se pueden sostener por más tiempo sistemas de producción cuyo objetivo prioritario es el máximo rendimiento, con el coste más bajo y en el menor tiempo posible.

Tratar a los animales como máquinas de producir carne, leche o huevos, con la única finalidad de maximizar la inversión del capital y con el más absoluto desprecio hacia ellos, y hacia las personas y el medio ambiente, refleja la agresividad de la economía global.

Durante décadas se han estado sobrepasando los límites de la Naturaleza y la situación ahora ya es de emergencia. No basta con intentar esquivar el prión de las vacas; hay que eliminar de la comida todo lo que perjudica a la salud: aditivos, pesticidas, hormonas, clembuterol, antibióticos y tranquilizantes, organismos manipulados genéticamente... Sólo un ejemplo: hay 200 insecticidas organofosforados que causan daños similares a los de las armas químicas y producen un mal neurológico que no tiene cura (Sociedad Española de Neurología. Informe 1999).

Las industrias químicas y biotecnológicas siguen utilizando el hambre en el mundo como justificación para imponer nuevas tecnologías, a pesar de que, según la FAO, no faltan alimentos en el mundo; lo que ocurre es que están pésimamente mal distribuidos. Así que tampoco necesitamos más riesgos innecesarios, como los transgénicos, en nombre del hambre en el mundo. Lo que necesitamos son políticas agrarias basadas en la defensa de los consumidores y, por ende, de los agricultores y ganaderos, y del medio ambiente.

Alemania, con un gobierno con influencia de los Verdes, así lo ha entendido y está gestionando ayudas multimillonarias para fomentar la agricultura y la ganadería biológicas; modelos de producción limpios, sanos, seguros y rentables social y económicamente.

Por el contrario, nuestro gobierno no sólo penaliza al productor "bio" con una tasa, sino que además, presionado por la industria alimentaria, ha preparado un Real Decreto que, de aprobarse, cualquier producto podría seguir utilizando, además legalmente, la mención bio; incluso los transgénicos.

Sin embargo, ni siquiera con el apoyo a la agricultura y ganadería biológicas será suficiente sin unos mínimos cambios en los hábitos alimentarios de los ciudadanos del Norte. Cambios que, por una cuestión de higiene alimentaria y de preservación de la salud, requieren reducir en cierta medida la cantidad exagerada de la carne que se consume en la actualidad y recuperar la sana costumbre de comer alimentos altamente nutritivos y ricos en proteínas como las lentejas, los garbanzos, las alubias, el arroz, el trigo; sobre todo si son biológicos. Estudios independientes aseguran que una dieta ética, rica en proteínas de origen vegetal, puede aportar mayor salud y esperanza de vida, y proteger más contra el cáncer y las enfermedades cardiovasculares (Centro del Cáncer Heildelberger 1991, entre otros). No debemos, pues, tener miedo a prescindir parcial o totalmente de la carne.

Hay, además, otras razones de peso, vinculadas a cuestiones medioambientales y de solidaridad. Se destinan miles de hectáreas, sobre todo en el Sur, a pastos para animales que se consumen en el Norte, privando al Sur de sus tierras para cultivar alimentos de primera necesidad. Si, además, se tiene en cuenta que una vaca corresponde sólo a 1.500 raciones de comida y que los cereales y leguminosas con los que se alimenta corresponden a 18.000, sobran argumentos para exigir políticas agrarias locales que sean globalmente respetuosas.

Y una cosa más. Ante las situaciones que estamos viviendo, no debería hacer falta esperar resultados de investigaciones científicas para prohibir cualquier práctica contaminante. Simplemente porque la mayor parte de los centros de investigación, tanto públicos como privados, están financiados por las mismas multinacionales que contaminan.

Los movimientos ciudadanos habremos triunfado cuando logremos llevar al banquillo de los acusados a los responsables de los atentados que se están perpetrando contra la Humanidad y la Naturaleza. Lo que ocurre es que es tan inconcebible que la comida enferme, incluso mate, que la ley para ese delito aún no se ha escrito.

Mientras, todos los ciudadanos, a través de la aliment-acción como respuesta diaria individual y colectiva a la falta de soberanía y seguridad alimentaria, somos quienes deberíamos luchar, codo a codo con los movimientos campesinos, para recuperar estos derechos fundamentales que nos han arrebatado.

Montse Arias
Directora de The Ecologist para España y Latinoamérica

Editorial del nº 5 de la revista. 1.4.2001



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